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Alfredito Rojas y las mocanadas: recuerdos del pasado

En muchos de los pueblos del país tuvo lugar el mismo proceso de urbanización  irregular y anárquica que convirtió a las ciudades en atropelladas urbes llenas de ruido,  tapones vehiculares y desigual crecimiento residencial.

Hemos visto, tal es el caso de Moca, nacer bellos espacios residenciales, dotados de toda clase de confort para una clase media emergente, y  barrios marginales para los apremiantes emigrados del campo que se alojan en cualquier cañada o vericueto, aunque en nuestro pueblo el caso sea de menor entidad que en otras partes.

Un nuevo estilo de vida ha surgido, pues los antiguos habitantes de nuestras apacibles ciudades no se acaban de acomodar al modus vivendi  de estos cambios urbanísticos y sociales.

Se rompieron los esquemas.

La antigua división de clases sociales sufrió nuevas clasificaciones, nuevos parámetros, ya que el desarrollo económico y la diversificación de oficios, actividades económicas y profesiones  han moldeado escalas sociales nunca vistas antes.

El antaño  aislado “nuevo rico” es ya cosa de otros tiempos.

Ahora son ellos los dominantes,  los que ponen las reglas de juego en la comunidad.

Hace unas décadas, cuando no existía la flota vehicular que hoy día acogota la población mocana, los servicios y diligencias locales y allende al municipio se hacia con la siempre permanente y dispuesta plantilla de chóferes de carros de servicio que se estacionaban en los alrededores del Parque Duarte.

Era el área de trabajo de un grupo de honestos y conocidos ciudadanos que gozaban de la confianza del pueblo.

Allí se encontraba “Sapo Conde”, Tomás Guzman y su hermano Dimas, Ángel Reinoso, Alfredito Rojas, Juliancito, Manuel Canela y otros más que eran solicitados para el servicio diario.

Estos chóferes del parque eran una institución, pues sus clientes los apreciaban y confiaban en sus servicios.

Eran diligentes y dispuestos en extremo, discretos, capaces de acompañar al Padre Bobadilla a visitar un enfermo en Monte de la Jagua como a acompañar a cualquier hacendado o ciudadano que deseara echar una canita al aire y utilizar sus vehículos y sus buenos oficios.

Tenían sus clientes favoritos, aquellos que no sólo pagaban su trabajo choferil sino que también incluían su absoluta discreción cuando los acompañaban al Alto del Fuerte donde Amparo “la Riendúa” ó a disfrutar de música y cervezas frías al abrigo de las miradas delatoras a que se exponían en los lugares del centro.

Alfredito Rojas, hombre pequeño de estatura pero de corazón y mente amplia, vio venir el cambio urbano y se preparó para ello.

Dejó el parque y se dedicó a ejercer la profesión de mecánico de carros privados.

Sus conocimientos del oficio le dieron la oportunidad de conseguir una amplia clientela.

En poco tiempo su taller era un éxito, comercialmente, al punto que uno de sus hijos, Emilio, siguió la profesión del padre y hoy día es un importante empresario en el ramo.

Alfredito tenía la gran habilidad de detectar las fallas de los vehículos  mediante el oído, es decir, él captaba los ruidos que afectaban el funcionamiento de la maquina y por esas señales encontraba el fallo.

Decía el doctor Rafaelito Martínez que Alfredito era el único mecánico de “oidas”. De oidas o no, lo cierto es que Alfredito arreglaba con buen tiento  los carros, que ¨quedaban perfectamente¨.

Como medio de transporte compro con el tiempo una pequeña Passola, pues se cansó  de los carros y en ella se pasea ahora por las calles de la ciudad.

Hombre acostumbrado a  la época de un tránsito organizado y de poca circulación, Alfredito sufre la oleada de vehículos livianos, medianos y pesados que se han apoderado de las calles de su Moca querida.

En cada esquina se detiene para cederle el paso a los vehículos atropellantes que vienen detrás de él y exclama: “esas son mocanadas”.

Cuando se encuentra con un vehículo mal estacionado obstruyendo la via echa una rabieta y vuelve a la calma con la expresión “esas son mocanadas”.

Vivió  Alfredito tranquilo en su hogar, dedicado a la familia y recordando el tiempo vivido en los años de la Moca pueblerina y tranquila, sin tantos carros, motoconchos, camionetas, camiones, bicicletas y guaguas que le perturban la vida a los ciudadanos que desean circular plácidamente por las calles de la urbanizada ciudad.

Talvez misión imposible ya. Inevitable seria repetir con nuestro recordado Alfredito Rojas su emblemática frase “esas son mocanadas”.