Cosas de la Era de Trujillo

Desaparición de Mauricio Baez en La Habana, Cuba

Serie algunos crímenes de la Era de Trujillo ( 5 )

 

 

 

delincuencia no conoció de límites ni de jerarquía, se asesinaba al exiliado que hacia activismo, al periodista que escribía en contra o denunciaba los crímenes, o al militar que no se plegaba a los dictados de Trujillo. Se llegó con el tiempo a niveles increíbles, como fue el caso del atentado al presidente Rómulo Betancourt de Venezuela, en 1960.

Se puede afirmar que la internacionalización del crímen político fue una de las características sobresalientes de la dictadura de Trujillo, y una de las manifestaciones de su desprecio de la vida humana. La salida al exterior siempre se consideró como un escape de los peligros que asechan a los enemigos de las dictaduras y una forma de combatirlas con las denuncias que se pueden hacer desde fuera. En el caso dominicano la salida a territorio extranjero no significaba el escape a los atentados, secuestros y muertes dictadas por Trujillo. Su maquinaria infernal perseguía a los enemigos dondequiera que estuvieran. Seguiremos con otras entregas de crímenes cometidos en el exterior.

Mauricio Báez representó la dignidad del sector laboral del país. Fue la figura emblemática del liderazgo sindical en la parte media de la Era de Trujillo. Era un fornido obrero de la región Este, cuyo protagonismo en las luchas de reivindicación obreros le granjearon una imagen de líder combativo e insorbonable. Desafió al tirano y sus secuaces en todo el batallar por los derechos de los trabajadores bajo un régimen de opresión.

Con su alta estampa de negro formidable y su sombrero de blanco, Mauricio recorría los bateyes cañeros y los locales de los trabajadores llevando su mensaje de aliento y desafío. Era tenaz y de una consistencia moral e ideológica como no se conoció antes en el país. Aunque nativo de Palenque, San Cristóbal, desde joven se trasladó a San Pedro de Macorís, donde desarrolló una labor de propaganda obrerista, en los muelles de esa ciudad.

Gracias al esfuerzo y la capacidad de convencimiento de Mauricio y Justino José del Orbe, se activaron los valientes Nando Hernández, Emeterio Dickson (Blanquita) y Luis Rafael Quezada (Negrito), quienes al final cayeron asesinados en estas jornadas de lucha. La estructura de trabajo que se levantó fue impresionante, si se toma en cuenta el estado de represión existente. Se llegó a contar con una activa Federación y 34 gremios que cubrían todas las actividades económicas de la ciudad y los ingenios. Agrupaban a los panaderos, carpinteros, barberos, limpiabotas, mecánicos y muelleros, a más de los obreros de la caña.

Báez alcanzó el mayor de los espacios en las luchas sindicales cuando conjuntamente con otros líderes obreros organizó la historia huelga de los ingenios del este en 1946. Huelga sofocada a sangre y fuego por las fuerzas incontrolables de la dictadura. Entonces Mauricio tuvo forzosamente que salir al exilio. Se fue a Cuba. Allí se le dispensó un tratamiento de líder de estatura. Desplegó una ardua tarea de denuncia sobre la situación obrera en República Dominicana, ante organismos y eventos internacionales.

Al producirse, al final de la segunda guerra mundial, el intento de apertura de Trujillo, Mauricio, esperanzado, retornó al país, pero ya en junio de 1947 se vuelve al exilio, de nuevo a Cuba. El ambiente de la dictadura se hizo irrespirable para una conciencia democrática plena como la de Mauricio Báez. Además está el hecho de que su lucha enfrentaba directamente a Trujillo patrono, que se iba apoderando de la mayoría de los ingenios azucareros de R. D. Así que en playas extranjeras continúa su prédica en contra de los explotadores y cómplices de la miseria de los trabajadores dominicanos. El tenía calidad moral para hablar alto, pues había rehusado a Trujillo dinero y prebendas, prefiriendo el exilio de nuevo.

Báez sostuvo en Cuba vibrantes campañas y acaloradas discusiones políticas, no sólo contra Trujillo sino que también enfrentó a otros exiliados antitrujillistas por sus apreciaciones sobre cómo se debió conducir la lucha contra el tirano. Otro blanco de sus ataques fue diplomático trujillista Félix W. Bernardino, acreditado ante el gobierno cubano. Mauricio le conocía bien y sus acusaciones iban directo a la conducta observada por Bernandino en la zona Este del país en años anteriores.

Dice el inseparable compañero de Mauricio, Justino José del Orbe, que en varias ocasiones conversó con él acerca de la radicalidad de sus ataques a personajes del régimen, reclamándole que su verbo y capacidad dialéctica debían emplearse para concienciar a las masas obreras. Le recordaba la peligrosidad de esas gentes, pero el seguía en su decisión de golpear la dictadura en todos los costados. Era su vehemencia la que guiaba sus pasos, era un hombre comprometido con su lucha y no daba su brazo a torcer.

Recibió vía su amigo Del Orbe un mensaje de la señora Genoveva Ramírez Alcántara, hermana del también exiliado General Miguel Angel Ramírez Alcántara, prominente luchador contra Trujillo, en el sentido de que ella quería verlo para advertirle sobre el peligro que corría, pues tenía informes de República Dominicana de que Trujillo había ordenado la muerte de tres exiliados y uno de ellos era él. Al recibir la información Mauricio reaccionó con una amplia sonrisa y exclamó “todavía dona Genoveva siente el miedo. Aquí no es Santo Domingo”.

Esta conversación tuvo lugar el día 9 de diciembre de 1950 y el domingo 10 fue secuestrado por tres individuos que lo desaparecieron para siempre. Vivía Mauricio en una casa de pensión modesta en el Reparto Sevillano, en la calle Cervantes número 8, de La Habana. Al presentarse a la casa pregunta por él, salió y conversó con los extraños. Le habían dicho que iban de parte del Dr. Cotubanamá Henríquez, amigo suyo y alta figura del gobierno de Prío Socarrás. Salieron a la calle y durante un breve rato dialogaron, se fueron con él y ya más nadie supo de su destino.

La desaparición y segura muerte de Mauricio Báez constituyó un rotundo golpe para las luchas del exilio en contra de Trujillo. Se perdió un recio combatiente, un líder de barricadas, un hombre de firmes convicciones que no vacilaba al momento de tomar la acción. Fue la segunda víctima en el exterior que los sicarios de Trujillo callaron, fue una gran pérdida para la clase obrera dominicana y cubana.

El exilio se movió por todos lados buscando una pista, un hilo conductor al origen de la tragedia, pero todo fue en vano. Fue notorio el silencio complica de las autoridades cubanas de la época. Así desapareció quien en labios de uno de sus más fieles amigos su compañero Justino del Orbe, “el mas extraordinario luchador de la clase obrera que ha dado nuestro país en su historia”.