Abogados de MocaMoca

El alguacil Chito Valerio

El alguacil Chito  Valerio, un personaje del ayer mocano

En décadas pasadas Moca era una cantera de buenos abogados y buenos jueces que abrillantaban el ejercicio de la profesión.

Consagrados y estudiosos letrados le imprimían al ambiente forense un aire de solemnidad y respeto que impresionaba a toda la comunidad.

Ser juez, fiscal o abogado en esos años era un apreciado título de distinción social y profesional.

Se miraba con respeto y consideración a estos ciudadanos, tenidos como referentes morales  y como protectores de los males sociales que afloraban en la sociedad .

Todos les buscan para que le bautizara un hijo, pues el nexo  de compadre era como un especie de detente frente a futuras intimaciones legales.

Junto a  estos profesionales del derecho, laboraban a su alrededor unos auxiliares denominados alguaciles.

Piezas claves en los procedimientos judiciales que se llevan a cabo, pues son oficiales que cumplen un rol de vital importancia en materia procedimental y con una autoridad irrefutable, ya que hacen fe hasta prueba en falsedad, no hasta prueba en contrario solamente, que es lo normal.

De la inscripción en falsedad decían los juristas de antes, que era un procedimiento largo, lento y costoso, como para que pocos se aventuraban a intentarlo.

Cuando regresé a Moca provisto del título de doctor en derecho y dispuesto a iniciarme en el ejercicio, recibí la primera lección de cómo actúa un abogado de pueblo.

Me la impartió un celebre alguacil  veterano de mil y un combates en los estrados mocanos.

Era Turín Alfonso Quezada, un verdadero maestro y gran conocedor de los vericuetos del ejercicio profesional.

Sin ser más que alguacil de estrados, el minúsculo pero atildado Turín me inspiró en mis inicios y todavía oigo su voz autoritaria desde un extremo de la tarima del estrado exclamar “ póngase de pies, ó  lea  sus conclusiones”.

Él sabía imponer su autoridad y jerarquía de forma clara.

Cuando lanzaba un “cállense, silencio en la sala”, se podía oír el zumbido de un insecto volando.

Otro afamado alguacil de la época,  segunda parte del siglo pasado, aunque sin alcanzar las luces ni autoridad de Turín Alfonso lo fue Chito Valerio, marrullero, truculento y propenso de las arbitrariedades.

Había sido militar y conservaba ese espíritu atropellador propio de los militares de la Era de Trujillo.

Por esas prendas personales a Chito Valerio se le buscaba para que pusiera en práctica sus habilidades como ministerial en los casos de cierta, dificultades.

Amigo de la vida regalada, Valerio se las ingeniaba para sacarle provecho a su fama de hombre capaz de cosas difíciles.

Cuando sentía la necesidad de unos tragos gratuitos se sentaba en un conocido bar de las alturas del Fuerte y después de consumir, al llegar la hora de pagar sacaba de sus bolsillos dos o tres cápsulas de revólver calibre 38 –lo único que tenia encima- pero de gran poder de persuasivo y exclamaba “el que me dio estos torpedos no es una porquería“, queriendo hacer alusión a un supuesto superior que le dio esas balas.

Todos los que oían esas expresiones imaginaban por su cuenta quien podría ser.

De inmediato se le acercaban y le decían “Valerio esos tragos los pago yo, no hay problema”.

Entonces Chito recogía sus tiros y le decía al mozo que le servía “tráigame el del estribo”.

Se tomaba el trago y se  marchaba, satisfecho de su hazaña.

En una ocasión un comerciante mocano encargó a Valerio la notificación de una intimación de pago contra un cliente moroso que vivía en la zona rural, en Monte de la Jagua, comunidad cercana a Moca donde el deudor ejercía el oficio de carnicero.

Con su inseparable fólder lleno de actas, sentencias, formularios y demás menesteres del oficio, Valerio se presentó ante el deudor y al informarle cuál era el motivo de su visita fue echado a la fuerza sin dejarle explicar con detalle su misión.

El hombre infundía miedo con su grueso cuchillo de destazar las reses en las manos y sus vestimentas teñidas de sangre.

Hombre veterano, Valerio supo replegarse y se marchó a la ciudad.

Una vez allí solicitó el auxilio del comandante del Ejército Nacional con asiento en Moca.

Éste le facilitó dos soldados para que le acompañaran y le brindaran su apoyo para que pudiera cumplir el mandato de la ley frente a ese sujeto “desafiante de la autoridad”.

De vuelta al teatro de los hechos y frente al negocio del deudor de Monte de la Jagua, Chito Valerio le señala a los soldados el hombre y les dice “ ése es el guapo que dijo que ni con la guardia lo podía notificar”.

Oído esto, los soldados redujeron a la obediencia al carnicero de dos culatazos en su anatomía.

Ya el hombre en el suelo, “tranquilizado“ e inerte, Valerio saca de su fólder un acta de notificación y se la prende en la camisa al deudor al tiempo que le dice “ahora estás golpeado, notificado y amarrado, para llevarte a Moca”.

Al día siguiente el infeliz notificado pagó la deuda de forma total para poder librarse de los reclamos de su acreedor y su temible alguacil  en rol de cobrador.

Chito Valerio que sin embargo tenia buen genio, vivió con su estilo de vida y su propia concepción permisiva  del oficio de alguacil.

Se le veía caminar con  paso lento y cansado por las calles notificando actos y a veces procurándose honorarios por no notificar.

Murió bajo el peso de los años y dejó junto a su familia el recuerdo de una época que se a perdió en el tiempo.

 

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El autor

José Abigail Cruz Infante

José Abigail Cruz Infante

Nació en Santiago de los Caballeros. Casado. Residente en Santo Domingo.

Graduado Magna Cum Laude en Derecho. Parlamentario por varios años representado su provincia Espaillat en el Senado y la Cámara de Diputados. Ha sido Secretario de Estado y vicepresidente del Parlamento Latinoamericano. Miembro del Consejo Consultivo de FOPREL.

Escritor de varios libros sobre Moca. Director Administrador del blog Mocanos.net.