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Entrevista a Ruben Perina sobre Venezuela

Entrevista exclusiva a Rubén Perina sobre Venezuela; por Mariano de Alba

Rubén Perina
Pocos conocen tan bien los entretelones de la Organización de Estados Americanos (OEA) como Rubén Perina.

En 1985, cuando Argentina (su país natal), recién había salido de una dictadura militar caracterizada por constantes violaciones a los derechos humanos, la desaparición de miles de personas y la comisión de crímenes de humanidad, trabajó intensamente desde la OEA para empezar a promover el respeto y la defensa de la democracia en la región.

Fue así como nació la Unidad para la Promoción de la Democracia, la cual en 2001 lograría la aprobación de la Carta Democrática Interamericana y actualmente ha devenido en la Secretaría para el Fortalecimiento de la Democracia del organismo.

Hoy, cuando la grave crisis venezolana ha puesto nuevamente en entredicho la salud de la democracia en la región y después de haber acumulado 30 años de experiencia en la OEA, Perina atiende a Prodavinci en esta entrevista exclusiva, donde comparte su visión crítica del rol que pueden jugar organizaciones internacionales como la OEA en Venezuela.

Además, su análisis es crucial porque ha estudiado prolijamente las dictaduras militares de América Latina y durante su extensa estancia en la OEA, lideró múltiples misiones de observación electoral en la región, incluyendo varias en Venezuela.

Ahora que se desempeña como profesor en la Universidad de George Washington y ha publicado el libro La Organización de Estados Americanos como Defensora y Guardián de la Democracia, su visión es una ilustre guía para entender el tratamiento internacional que se le está dando al caso venezolano.

Luego de más de un mes y medio de protestas y represión desenfrenada, muchas miradas tornan hacia la comunidad internacional.

Algunos critican que la diplomacia ha sido muy lenta en condenar la desaparición de la democracia en Venezuela.

¿Qué opina usted del trato que se la ha dado a la situación venezolana?

Aunque lentamente, la atención ha venido creciendo. Ahora hay una mayor concientización e involucramiento. Naturalmente, esa atención proviene de los países americanos, pero también hay preocupación en Europa y en Naciones Unidas, la cual no tiene un mandato para proteger la democracia, pero sí los derechos humanos.

Es lamentable que todavía no hayamos visto una condena firme por parte de los países.

Impulsada por los esfuerzos de su Secretario General Luis Almagro, la OEA es la organización que ha evaluado más intensamente lo que está sucediendo. ¿Cuál es su valoración sobre el papel que hasta ahora han jugado los países miembros de esta organización?

La OEA es como una autopista con dos canales. Por un lado, la Secretaría General y por el otro los cuerpos colectivos en manos de los países: el Consejo Permanente, la Reunión de Cancilleres y la Asamblea General. El canal del Secretario General va más rápido y el otro va más lento.

Ha sido difícil lograr que los países se pronuncien contundentemente porque han estado negociando, buscando un consenso y conseguir una mayoría de votos para determinadas decisiones no es fácil.

Hay muchos intereses cruzados. Por ejemplo, a Colombia le ha costado por el proceso de paz con las FARC y a gobiernos como el de Chile y Uruguay porque tienen a socialistas y comunistas en sus alianzas de gobierno. En este tipo de situaciones, las presiones internas también juegan.

Luis Almagro ha rescatado y revitalizado la imagen de la OEA, su labor ha sido muy valiosa, pero los dos canales a los que me refería antes no han trabajado en unísono en el caso venezolano.

Además de los intereses cruzados, a muchos países no les ha gustado que el Secretario General se haya largado solo, y eso ha generado cierta resistencia. Es lamentable, pero es la realidad.

Por eso me parece que Almagro ha quedado como el llanero solitario de la democracia; no ha conseguido el apoyo de una mayoría de los países para concretar sus propuestas. Ciertamente, la OEA sería mucho más efectiva si los dos canales trabajaran mancomunadamente.

El gobierno de Venezuela, por su parte, cometió un gravísimo error al irse de la OEA. Perdieron un foro donde defenderse. Ahora sólo los defiende Nicaragua. No tienen nada. La UNASUR está paralizada y la CELAC no quiere reunirse.

Venezuela se autoexcluyó de la OEA argumentando que las decisiones de un grupo considerable de países violentaban el principio de no intervención en sus asuntos internos.

Este principio también es regularmente resaltado por otros países. ¿Se puede reconciliar la existencia de ese principio con la protección internacional de la democracia?

Todo se basa en una elección sobre cuál es el valor más importante: la democracia o la no intervención. Yo creo que es la democracia.

Además, hoy día ha perdido valor la interpretación del principio de no intervención de forma absoluta. La realidad es que, si un país se compromete a respetar la democracia y los derechos humanos, está renunciando parcialmente al derecho a que no se intervenga en sus asuntos internos. Venezuela no puede usar el principio de no intervención para poner una muralla y ocultar las violaciones a la democracia y los derechos humanos, y los demás países no pueden hacer la vista gorda cuando se burlan tan burdamente el orden democrático y los derechos humanos. México, que fue siempre un país que defendió a capa y espada el principio de no intervención ratificó esto en una de las últimas reuniones en la OEA sobre Venezuela.

Supongamos por un momento que los dos canales a los que usted se refiere logran ir a la misma velocidad.

¿Qué acciones concretas podríamos ver entonces en la OEA? Esto se lo pregunto considerando que el próximo 31 de mayo habrá una reunión de cancilleres.

En primer lugar, a mí me gustaría ver que los países constaten definitivamente lo que está pasando. Eso pareciera ser lo que está planteado para la reunión de cancilleres del 31 de mayo y por eso yo creo que ese día los cancilleres deberían escuchar un informe del Secretario General Almagro, otro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y finalmente uno del presidente de la Asamblea Nacional venezolana.

Esto permitiría consolidar el ambiente para una fuerte condena.

En segundo lugar, también es verdad que los países no van a dejar de llamar al diálogo. Pero lo que no puede ocurrir es que eso sea lo único que se haga, especialmente considerando el fracaso de la experiencia del año pasado. Finalmente, visto que suspender ya no tiene mucho sentido por la propia autoexclusión de Venezuela, la otra alternativa que queda sería imponer sanciones. Precisamente en una reunión de cancilleres en octubre de 1991, hubo un exhorto a que los países de la OEA procedieran al congelamiento de los activos del Estado haitiano y aplicaran un embargo comercial a Haití, salvo excepciones de carácter humanitario.

Esto en respuesta al golpe militar perpetrado contra Jean-Bertrand Aristide.

¿Sanciones? Existe un gran debate sobre si un régimen de sanciones efectivamente sería conveniente en el caso venezolano.

Dicen que un régimen de sanciones únicamente perjudicaría más al pueblo venezolano. Yo no sé cómo se podría perjudicar más a los venezolanos de lo que ya están.

Ahora, es difícil determinar si esas sanciones efectivamente tendrían el impacto de forzar la realización de unas elecciones. Mi impresión es que el chavismo ha decidido jugarse el todo por el todo y para ellos unas elecciones son un suicidio.

Las sanciones lo que harían sería aislar a Venezuela. Si vemos los casos de Norcorea, Irán y Cuba, la realidad es que han sobrevivido con sanciones muy fuertes. Por eso también pienso que en última instancia la salida del régimen vendrá de forma endógena, vendrá de los venezolanos.

Cuando menciona a los venezolanos pienso en el sector militar, el cual pareciera que está llamado a jugar un papel relevante en la resolución de la crisis.  No obstante, lo cierto es que los militares han acumulado mucho poder y privilegios con este gobierno.

¿Está Venezuela siendo gobernada por una dictadura militar? Si ese es el caso, ¿cómo resolver la crisis?

Estrictamente hablando el gobierno de Maduro no es un régimen militar, aunque sí militarizado. Lo que lo sostiene es el apoyo militar.

De una dictadura militar se sale por una revolución o por un golpe militar, lo que sería lamentable, pero podría ocurrir. El golpe militar supone que existe una facción militar que se rebela y aparentemente ya existen indicios de fragmentación.

Ahora, el problema de un golpe militar es las consecuencias que podría tener y cómo sería recibido por la comunidad internacional. Maduro fue electo a través de unas elecciones y por más que sea todavía tiene un mínimo de legitimidad de origen.

Otro escenario es un levantamiento popular. Por eso es que no permiten que los manifestantes vayan al centro de Caracas, por miedo a que la gente lo tome. Por último, el escenario electoral es el menos probable.

Y cuando digo elecciones, me refiero a elecciones sin impunidad. El chavismo sólo permitirá elecciones si logra negociar de alguna manera su impunidad.

Hablemos de elecciones. El deseo opositor es que la crisis sea resuelta electoralmente. Considerando su amplia experiencia liderando misiones de observación electoral en el continente, incluyendo Venezuela, ¿cuál diría que es la garantía crucial con la que debería contar ese próximo proceso electoral?

Lo primero sería una nueva autoridad electoral. Eso parece elemental y una precondición. Venezuela necesita una autoridad electoral imparcial porque el Consejo Nacional Electoral no parece serlo.

Y que el CNE sea un organismo confiable es una garantía fundamental para el éxito del proceso electoral. Asimismo, quizás tendría que redactarse un nuevo código electoral. La ley electoral venezolana actual tiene muchas contradicciones, muchos vacíos, y esto le otorga al CNE una discreción insana, dando paso a arbitrariedades.

Finalmente, ¿qué evaluación hace del estado actual de la democracia en la región? Si uno observa lo que está pasando en varias partes del mundo, el futuro no parece ser muy alentador.

Yo creo que, considerando la historia de la democracia en América Latina, los últimos treinta años han sido positivos.

Obviamente está el caso de Cuba y ahora Venezuela, los cuales son distintos. En Venezuela todavía hay mucha preocupación por el giro dictatorial que el gobierno ha tomado.

El mantenimiento de la democracia no es algo linear. Por ejemplo, ahora en Estados Unidos hay serios cuestionamientos sobre su estado. Ha llegado un presidente muy extraño que no respeta las costumbres tradicionales de comportamiento.

Lo que prueba que la democracia siempre puede verse amenazada.

Hoy día esas amenazas parecieran ser el populismo electoral y los líderes que fomentan el extremismo y el fanatismo. Es muy peligroso cuando la gente se ilusiona con un líder que se vende como radicalmente distinto, como una persona audaz que es capaz de cambiar todo.

La democracia es realmente un sistema donde prevalece el respeto a las normas y las instituciones, no una figura salvadora.

Autor: Ruben Perina