Cosas de Moca

Los charcos del río Moca en el antaño

Cuando el abandono y la contaminaron no se habían apoderado  del rîo Moca

Rio Moca
                                                           Rio Moca

Para la década del 40 la ciudad de Moca estaba firmemente bordeada en sus extremos este, norte y parte del oeste, por un rio de apreciable caudal, que con su mismo nombre serpenteaba traviesamente sus linderos, deteniéndose en los caprichos ángulos de su discurrir, para formar pozas profundas que la juventud de entonces bautizaba con las más variadas denominaciones.
Estos nombres se ponían obedeciendo diversos designios: algunos repetían el nombre del lugar donde estaban situados; otros a causa de la topografía ambiental, o por algún suceso acaecido en él, y los más por una simple sinrazón pueblerina; estos últimos eran al fin y al cabo los nombres de mayor pegada popular.

Pensamos ahora que esta fue para nosotros la primera gran lección que sobre los vericuetos incomprensibles del “marketing” recibimos en la vida.

A estas pozas las llamábamos charcos; no eran nada transparentes y su fondo lodoso sirvió muchas veces de momentáneas fauces para atrapar a algunos aguerridos mozos que se aventuraban a “hacer fondo” en ellos. Hubo muchos sustos y también desenlaces trágicos.

El “charco de calindrin”, como muestra aprisionó por más tiempo del debido, dentro de sus húmedas entrañas, a un prometedor pelotero amateur, quien, aunque perdió tontamente su vida en la aventura, dejo escrito allí su nombre para siempre.

Todos recordamos lo que era una “brisca” de jabón: El “charco de la brisca” tenía a su lado noroeste una cornisa de resbaladiza peña, donde un grupo luchaba a brazo partido contra otro, tratando ambos de tirar a sus contrincantes al rio hasta que sobre la deslizante calzaba quedaba solo el maltrecho, pero erguido miembro de uno de los dos equipos. ¡Ese conjunto ganaba!

La palmita, la chorrera, el pulpo, la pelota, los López, los Cáceres, El Caimito eran charcos, pensábamos nosotros para entonces, que no podían ser conocidos por nadie que se preciara de ser alguien en el país, de modo que salir triunfante en un duelo a “panqueadas”, por ejemplo, en cualquiera de esos charcos, era una agalluda manera de pasar a formar parte de un selecto y admirado “Pabellón de la Fama”.