Cosas de MocaMoca

Personaje del ayer mocano: Mayia

POETA CIEGO

Le llamaban Mayía; ninguno de los muchachos que pincelábamos con nuestra revoltosa alegría el reducido perímetro de Moca conocimos jamás su nombre real ni su apellido. De tez oscura y menguado tamaño, compensaba la falta de luz de sus ojos, cegados no se sabía por qué, ni desde cuándo, con una sonrisa franca y contagiosa que hacia florecer un ovalo de luz sobre su cara simpática, dulcemente arrugada por un gesto de amabilidad sin fin.

Caminaba todo el pueblo con una destreza que sobrecogía, mientras marcaba sus pasos con el suave tun-tun de un ordinario bastón; era este un pedazo de palo que le llegaba a la cintura, gastado por el uso, que el ceñía con sus dos manos de nudillos rugosos cuando se paraba a declamar.

A declamar, sí, porque era poeta el bendito ciego. Hacia decimas muy buenas y de ellas vivía, ya que podía comprar su comida y medicinas con las escasas monedad que recibía en sus improvisadas veladas.

No molestaba a nadie; recitaba sus decimas si se lo pedían y procuraba complacer todas las experiencias de un auditorio:
__! Mayía!, recítame la de la guagua.
__! Después de la de la cedula!
Mayía respondía siempre con una voz afable y melodiosa, “Está bien”. Y arrancaba de inmediato con la décima de turno sin equivocarse jamás.

Con sus dientes al aire, obligados por aquella interminable sonrisa y parpadeando con sus enrojecidos ojos negados a ver, el buen hombre solo se detenía al terminar una estrofa para indicar: “y el otro pie dice así”: Tras lo cual continuaba en forma inexorable hasta llegar al final de la décima.

Los muchachos del pueblo las sabíamos todas casi de memoria y suponemos que los adultos también, pero era divertido escucharlo cada vez y Moca no era para esos tiempos muy abundante en diversiones que digamos.

Con las menguadas propinas que le dábamos, pensábamos entonces que habíamos logrado la fórmula mágica de ayudarlo, obteniendo algo a cambio; era, razonamos ahora, como una especie de caridad remunerada. Y cada día, en cada encuentro, se repetía la historia. “Mayía, recítame la del reloj”. Y el obsequioso ciego, con su ineludible “está bien” comenzaba:
Mamita, ¿usted no se acuerda
la noche que casó,
que amaneció trasnochada
Dándole cuerda al reloj?