Opinión

Una maestra cerró sus ojos

Ella parece que nació maestra. No tuvo que aprenderlo. Sencillamente su vida fue un magisterio. Sin pausas, sin jubilaciones, sin vacaciones.

Era maestra en todo. En su forma de caminar, de hablar, de reír; amante de reflexionar sobre la condición humana. Supo cultivar la virtud en sí misma y en los demás. Tenía ojo clínico para mirar el talento de sus alumnos, y sabía por dónde motivaba a “sus muchachos” para que dieran lo mejor de sí.

maestra

Siempre estuvo atenta a los “signos de los tiempos”. Nunca se descuidó en estar al día en el mundo de la cultura y la educación. Con cuanta frecuencia, entusiasmo y puntualidad le veíamos asistir en Moca a casi todas las actividades culturales, artísticas y educativas.

Ella no fue profesora, fue maestra. Pertenece a esa estirpe ya en desuso, que no la encuadra un salario ni los beneficios materiales que pudiese recibir. Era maestra 24 horas. Alentaba a los jóvenes a no desfallecer en alcanzar metas altas, retadoras, que dinamizaran su espíritu y le hicieran sentir seres humanos dignos, únicos e irrepetibles.

Comenzó su peregrinaje magisterial en el campo, curtida a base de esfuerzos, largas caminatas, cruzando caminos y veredas. Sembró en las tiernas conciencias de niños y jóvenes en Los Amaceyes de San Víctor. Me atrevo a decir que miles de jóvenes pasaron por sus manos y los marcó hondamente, dejando en ellos estelas de luminosidad que brillan en el interior de las conciencias, aun cuando se pasen momentos y noches oscuras, por las que atraviesan ocasionalmente los seres humanos.

Ya cercana a los 80 años, nunca perdió aquella condición indispensable del maestro por vocación: el seguimiento a sus muchachos. Porque aunque pasaran los años, y las cabezas se blanquearan, la piel se arrugara y las energías se encorvaran, seguían siendo “sus muchachos”, que ella supo mirar desde pequeños y que el tiempo se le convertiría en el gran aliado de una siembra que nunca dejó de aquilatar, cultivando las mejores cualidades en aquellas tiernas vidas que ella moldeaba pacientemente, las que enriquecía no solamente con sabios pensamientos y nobles sentimientos, sino también con aquel manantial de sana espiritualidad que brotaba de su corazón y susurraban sus labios.

No es extraño que una maestra de condiciones excepcionales, se juntara para realizar un camino permanente de pareja matrimonial, con otro maestro de fuste, nuestro querido y recordado Andrés López. Decir la Escuela Andrés Bello es decir Andrés López. Por eso, generaciones todavía lo llaman “el director”.

Ambos vivieron las lides educativas, cultivando la militancia pastoral. Fueron cursillistas de cristiandad de los que realmente convirtieron sus vidas en un arcoiris de colores, viviendo plenamente su Cuarto Día en presencia del Hermano Mayor, que les invitaba a decir: “Cristo y yo, mayoría aplastante”.

Si no es extraño que la vida juntara estas dos almas gemelas que fueron Andrés y Elba, hasta el punto de que a ella nunca le gustó que le dijeran “la viuda de Andrés”, sino que siempre siguió llamándose Elba Peña de López, porque sentía cada día, cada mañana, que su consorte amado le acompañaba plenamente en todos sus quehaceres.

Tampoco es extraño que dos modelos del magisterio mocano, procrearan una familia donde abunde el arte, el talento, la música, la poesía, la estética, vividos en un sólido marco ético y zambullidos en una cálida espiritualidad.

¿Qué son los hijos de Elba y Andrés sino poetas, músicos, profesionales exitosos, que han cultivado todo aquello que sus padres con tanto esmero supieron sembrar? Solamente el que siembra y sabe sembrar, pueda esperar cosecha abundante. Elba y Andrés fueron buenos sembradores en la familia, entre los vecinos, en la comunidad, en la escuela, en esta Moca que siempre les vio transcurrir en sus faenas vocacionales, magisteriales y apostólicas.

Hace poco se marchó Artagnan Pérez Méndez, amigo de correrías apostólicas con doña Elba en muchas comunidades, especialmente en la Tierra Dura, donde dejaron una impronta de vida cristiana comprometida.

Moca hoy se siente adolorida de perder una maestra singular. Pero nos sentimos conscientes de que el perderla físicamente no implica que se apagara su estela de luminosidad; al contrario, se enciende más, cuando desde la perspectiva de la eternidad, ella sigue siendo la maestra cariñosa, cercana, afable, dedicada, que acompaña para que sus muchachos no dejen en ningún momento de crecer y alcanzar nuevas metas.

Elba y Andrés ahora viven desde el cielo un contubernio magisterial que se vuelve fuente inagotable, pues ellos que creyeron y esperaron, ya no creen y esperan, sino que aman plenamente, porque en ellos se cumple ahora en plenitud, aquello que dijo hace dos mil años el gran Pablo de Tarso: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni la mente humana puede imaginar, lo que Dios tiene preparado a los que ama y a los que aman”.

Sigan Elba y Andrés desde el cielo, encendiendo las conciencias infantiles y juveniles, para que como antorchas radiantes, se conviertan en estelas de luminosidad para sus familias, sus comunidades y toda la Patria.

Elba y Andrés: Ustedes ya se juntaron para siempre. Por eso, junto a sus queridos hijos, familiares, vecinos y personas que les conocimos y valoramos, les decimos: No es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós, muy pronto junto al fuego del amor, nos reunirá el Señor.

Descansen ya de sus afanes y correrías magisteriales y apostólicas. Entren en el gozo de su Señor y reciban la merecida corona de la vida, que solamente alcanzan los justos y misericordiosos. AMEN.

José Rafael Vargas