Temas históricos

Visitas presidenciales a Haiti

 

Enfoque histórico para ser tomado en cuenta.

 

 

 

 

 

 

 

En una visita oficial del Presidente dominicano , entonces, Leonel Fernández, ocurrió un desagradable y orquestado “affaire” con los desórdenes y pancartas frente al Palacio Presidencial de Haití.

Históricamente no podemos eludir el determinismo engendrado por una situación geográfica que nos coloca como “dos mellizos trágicos en un peñón del Caribe”, como una vez dijera el distinguido internacionalista dominicano Carlos Sánchez i Sánchez, y sin posibilidades de cambiar ese rumbo.

Somos el producto y el resultado de errores de política imperiales en cuya elaboración nunca participamos pero sí recibimos siempre sus nefastas consecuencias. Hoy día no tenemos excusa para no enfrentar el problema en sus reales dimensiones.

Ni el asunto histórico ni el imperativo geográfico podrían justificar nuestra inacción.
El diseño y ejecución de una real política de Estado sobre el problema Haití no puede ser ignorando ni demorado por más tiempo, salvo que queramos que se produzca “la acción de envergadura” de que habló un político racista haitiano hace varias décadas.

No hay razones valederas ni designios internacionales que impidan que el Estado dominicano puje por alcanzar sus propios fines como entidad juridico-política de manera independiente.

Quiérase o no, con vigencia o no, con pobreza o no, desde el 27 de febrero de 1844 se selló una realidad incuestionable e irreversible, rotundamente.
Según reporta la historia, los viajes de los presidentes dominicanos a Haití han respondido a razones de estado o a políticas puntuales que, en cada momento, representan altos intereses para nuestra nación.

No son traslados de pura cortesía ni de intercambio protocolar, son viajes que representan hitos en la política exterior del país, cuando no la resolución a problemas concretos entre los dos pueblos.

El asunto fronterizo y sus múltiples episodios a lo largo de nuestra historia ha representado el motivo de atención de los gobernantes dominicanos y ha demandado, en su momento, cada vez, visitas de estado al vecino país. Los tratados y protocolos de delimitación fronteriza han generado acuerdos cuya puesta en vigor ha reclamado la presencia física de los gobernantes en Puerto Príncipe o en Santo Domingo.

Cada visita presidencial ha dejado una lección para los dominicanos. Revisar esas lecturas del pasado nos ayudaría a entender los fenómenos del presente, muy especialmente lo ocurrido en el frente del Palacio Oficial de Haití en la última visita de un gobernante dominicano.

En el 1929 el presidente Horacio Vásquez Lajara visitó Haití con motivo del Tratado Fronterizo que se debía firmar entre los dos países.

Horacio y la Cancillería dominicana planearon y analizaron las consecuencias de orden interno de ese viaje y enviaron una avanzada que arreglaría los detalles de la visita con las autoridades de aquel lado.

Era preciso no dejar nada a la improvisación ni mucho menos descuidar detalles importantes de política interna. A su llegada fue recibido con el rigor de una visita de jefe de Estado.

Al segundo día del programa oficial, el protocolo haitiano incluyó una ofrenda floral en la tumba de Desalines, fijada para las 10,00 AM.

El día fijado en horas de la mañana bien temprano los encargados del programa del día, recibieron de la delegación dominicana una nota formal de excusa del presidente Horacio Vásquez, que había amanecido indispuesto y no era posible cumplir con el acto de la mañana.

Todo el programa siguió su normal desarrollo y la visita se considero que cumplió sus objetivos.

El presidente dominicano era oriundo de Moca, lugar donde se cometió el celebre degüello en su iglesia al mando de las tropas de Desalines.

Años después, en plena dictadura de Trujillo hubo otras visitas, tres en total realizó el dictador, cada una de ellas matizadas con la intención manifiesta del hombre fuerte dominicano de enviar un metamensaje al pueblo y gobierno haitiano, de que de este lado de la frontera había un estado fuerte, dominante y capaz de hacer respetar sus límites divisorios, como expresión de su soberanía.

Además, Trujillo intuía que la clase política haitiana deseaba su amparo y protección, ya que le consideraban una especie de “hermano mayor”, que podia tutelar el orden establecido en Haití.

Por años, esa percepción en el pueblo haitiano parece haberse mantenido y constituye talvez el más efectivo valladar a la invasión abierta del exceso de población haitiana, que no encuentra otra salida a sus problemas seculares que no sea hacer posible la consigna de la isla una e indivisible.

Esa imagen de Estado más fuerte, decidido a velar por sus intereses vitales es lo que ha impedido la realización de la “acción de envergadura”, predicada por Camille Roussein.

En noviembre de 1934 Trujillo realizó un especial viaje a Puerto Príncipe.

Organizado, preparado y realizado con misterio y silencio, se quería producir un efecto espectacular con la presencia del dictador por primera vez en Haití, acompañado de una comitiva integrada por funcionarios de alto nivel y una escolta militar al mando de Federico Fiallo y 500 hombres en un barco dominicano. Ante tan abrumadora presencia militar el gobierno haitiano pidió a Trujillo que la tropa no desembarcara, por lo cual los soldados permanecieron el el buque.

Trujillo fue recibido por el presidente Vincent a varios kilómetros, en las afueras de la ciudad de Puerto Príncipe, con mucha cordialidad y entusiasmo, marchando en caravana al Palacio de Gobierno.

La visita duró cinco días, plenos de celebraciones y recepciones. Trujillo, en su calidad de jefe de Estado, se mostró obsequioso con el pueblo haitiano.

Entre los actos que se organizaron en su honor estuvo un desfile militar por parte de la Guardia de Haití; al momento de iniciarse el desfile se comprobó que Trujillo no estaba presente, pues se indispuso y se excusó de no asistir.

Un acto de mucha significación fue la invitación de Trujillo al presidente Vincent para que lo visitara en su fragata surta en la bahía de Puerto Príncipe.

La nave, decorada y artillada con cañones nuevos fue el escenario ideal para que el presidente haitiano comprobara la superioridad militar de Trujillo.

Los soldados de la escolta de Trujillo realizaron en el muelle una demostración de maniobras, para consumo de Vincent y sus acompañantes.

Con este viaje y los que posteriormente realizó no hizo otra cosa que no fuera reafirmar su idea de que el país debía mantener esa imagen superior frente al pueblo y gobierno haitianos como medida se seguridad nacional.

En los tiempos actuales la diplomacia se lleva de otra manera, pero no está demás pasar revista histórica, para una mejor ubicación en la perspectiva.

 

 

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El autor

José Abigail Cruz Infante

José Abigail Cruz Infante

Nació en Santiago de los Caballeros. Casado. Residente en Santo Domingo.

Graduado Magna Cum Laude en Derecho. Parlamentario por varios años representado su provincia Espaillat en el Senado y la Cámara de Diputados. Ha sido Secretario de Estado y vicepresidente del Parlamento Latinoamericano. Miembro del Consejo Consultivo de FOPREL.

Escritor de varios libros sobre Moca. Director Administrador del blog Mocanos.net.