Coronavirus obliga a los hispanos de Nueva York a celebrar diferente el Día de la Madres

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La primavera neoyorquina está asociada, desde 1914, con una lluvia de ofertas en grandes almacenes y restaurantes para homenajear a las madres. Pero este año marcado por la pandemia del coronavirus, el distanciamiento social y muchos temores, no será posible que esta celebración tan relevante, en el calendario de las familias hispanas, se realice de manera tradicional.

Pero algo sí está muy claro. Ni siquiera una emergencia de salud pública, como la impuesta por el coronavirus significa que sea posible ignorar la conmemoración del sagrado lazo materno.

La celebración este domingo, como ya ocurre con todas las actividades humanas, se vivirá en los extremos. En algunos casos, será imposible fundirse en un abrazo con las madres y las abuelas, a pesar de que se viva a cuadras de distancia. En otras situaciones, desde hace varias semanas, hay una convivencia obligada y permanente, provocada por la cuarentena.

El caso de la colombiana Margarita Fernández, de 35 años y residente de Forrest Hills, se multiplica este domingo por miles en la ciudad y en el mundo. Su madre vive sola apenas a 10 cuadras de su apartamento en el mismo vecindario en Queens. Por precaución decidió no visitarla.

“Sabes que es muy fuerte la tradición de nosotros los latinos de homenajear a nuestra mami. Yo la visito todos los fines de semana. Pero ahora, tengo casi dos meses que no la veo. Solo la llamo. Le dejo la comida y las medicinas en la puerta”, explica Margarita.

“Soy hija única. Somos muy unidas. Vinimos las dos solitas para Nueva York y hemos pasado mil cosas juntas. Ella es muy sana y fuerte, pero tiene 75 años. Yo no he dejado de trabajar y montarme en el Subway. No me perdonaría contagiarla. Me asomaré para verla por la ventana. El Día de las Madres, son todos los días”, dice nostálgica.

Después de la Navidad, para muchas familias latinas el Día de la Madre está en la agenda de las festividades más importantes del año, que implica fiestas, reuniones y especialmente mucho contacto físico: justamente el principal muro que impone el COVID-19.

El virus me puso muy sobre protectora”

La experiencia de la comerciante venezolana Sara Miroswky, es distinta. Desde que la pandemia impuso nuevos hábitos de vida a los neoyorkinos, tiene más de 45 días “encerrada” con su madre Antonia, de 64 años.

“Vivimos juntas desde que me mudé a Nueva York, hace 5 años, pero nunca habíamos convivido de una forma tan continúa, tan íntima, en los últimos años. Ha sido una situación extrema, que nos ha puesto a redescubrirnos. Vivimos en el mismo apartamento, pero en el ritmo acelerado de la ciudad, hay días que ni siquiera coincides”, relata

Sara cuenta que desde el inicio de los brotes del virus en la ciudad, sobreprotegió a su madre, quien es una mujer enérgica e independiente. Pero asumió que está en una edad de riesgo.

Me da pánico que se contagie. Eso nos cambió la vida. Yo decidí encerrarme por completo. He cumplido la cuarentena con todo el rigor. Todos los años salíamos a comer fuera, pero este año nos toca cocinar en casa. Para nosotros los venezolanos, sabes que se trata también de una gran celebración”, comenta

La  inmigrante nacida en Medellín cuenta que incluso con los paquetes que le deja, ha impuesto una rutina de higiene para “espantar” la posibilidad de que su madre se contamine con el virus.


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