En pantalones cortos

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Por Alberto Vásquez

“Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es, en ella, maravillosa”.

CHESTERTON

De aquella Moca tranquila y polvorienta que me acogió en sus calles, plazas y en sus casas solariegas desde mediados de los años cincuenta, subsisten muchas cosas, pero ninguna es para mí tan importante como estos recuerdos que pretendo relatar.

Si bien es cierto que para entonces el gobierno de Trujillo –que agotaba sus últimos años de ejercicio- construía una serie de obras importantes que cambiarían su fisonomía aldeana (la Gobernación Provincial, los Palacios de la Policía y de Justicia, el mercado y el hospital, entre otros) y se alzaba, como pretendiendo alcanzar las nubes, la espigada torre de la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, la mayoría de sus viviendas –añosas construcciones- tardarían mucho tiempo en ir siendo sustituidas, paulatinamente, para dar paso a casas de bloques y hormigón.

De hecho, a finales de la época se edificó en los terrenos del antiguo hipódromo del pueblo el barrio “Mejoramiento Social” cuyas casas fueron adquiridas por miembros de una naciente clase media que trataba de agenciarse mejores condiciones de vida.

Bien. En una antigua casona situada en la esquina formada por las calles Rosario y Mella, pasé los primeros años de mi vida hasta 1962, fecha en que ésta fue derribada y casi todas sus maderas utilizadas como leña pues la carcoma había causado estragos en las vigas del techo y en las tablas de sus setos; tanto así que recuerdo que a menudo despertaba con aquellos minúsculos granos adheridos a mi piel.

Sin embargo, mis evocaciones de ése, mi primer hogar, son diferentes al del semi-tormento de esas partículas con las que conviví por años, al igual que el resto de la familia: mis padres Carmen y Marino y mis hermanos Lourdes y Orlando, infantes que como yo, empezaban a recorrer la hermosa senda de la vida.

Recuerdo sus penumbrosas habitaciones y la terraza posterior con sus pasamanos llenos de tarros de flores; el patio pedregoso que contenía una enramada donde colgaban, tentadores, los granadillos en flor; un grupo de arbustos que custodiaban una mata de campanas que exhibía sus blancas flores con donaire y, en el fondo del mismo, sendos cubículos (baño, letrina) que sobrevivieron en el tiempo a las remodelaciones que le hicieron a la vivienda.

Cierro los ojos para ver con claridad la oficina del tío Rubén ubicada en la misma esquina, amueblada con un oscuro escritorio sobre el que reposaba un sólido pisa papel de cristal. Detrás estaban  sus libros de derecho: tomos marrones de carpeta dura que a nuestro olfato expelían un olor característico.

En el cuarto contiguo, deshabitado, reposaban amontonados unos troncos de caoba cuyo destino final desconozco. Este lugar también fungía como camerino para el cambio de ropas de las “actrices”, mi hermana y mis primas, que escenificaban veladas en la terraza donde, además, cada tarde nos reuníamos a escuchar “El suceso de hoy”, de Manuel Antonio Rodríguez (Rodriguito), programa radial que contaba con una gran audiencia en esa época.

La llegada del verano con su traje de lluvia –y a veces granizos incluidos- constituía un motivo de felicidad para los infantes, quienes nos disputábamos las rendijas de la casa para observar el evento y, de vez en cuando, se nos permitía disfrutar de algún baño fugaz aunque regresábamos en poco tiempo, tiritando de frío.

Al frente de la casa vivían mis padrinos Julio Cesar Curiel y Gloria López (papá Yuyo y Aya, para mí) y sus hijos Argentina, César y Maritza. Con esta familia, donde era un hijo más, pasaba gran parte de mi tiempo libre y participaba frecuentemente –como observador o como jugador- de las tarde de bingo que allí se realizaban.

Los fines de semana siempre eran propicios para visitar las propiedades que mis padres poseían en Estancia Nueva y en Las Cabuyas. Cada viaje representaba para los pequeñines un motivo para emprender nuevas aventuras así como una excusa para las travesuras y fueron varias las ocasiones que nos vimos en apuros, extraviados en extensos platanales, sin encontrar la manera de retornar a nuestro punto de partida. También eran frecuentes los viajes a ríos de aguas frescas y abundantes, de riberas bordeadas por umbrosos árboles que proporcionaban la sombra que requeríamos los bañistas.

En la televisión, específicamente en la “Voz Dominicana”, el programa “Romance Campesino” de Macario y Felipa, era esperado con ansiedad cada tarde.

El canal estatal tenía también un evento estelar que hoy recordamos con nostalgia, que era realizado cada año: “La semana aniversaria”, donde participaban los artistas más famosos del continente. En ella se festejaba durante siete días la fecha de fundación de esa planta televisora, inaugurada en agosto de 1952. Día a día seguíamos el desarrollo de la programación para disfrutar de las actuaciones de esos cantantes y bailarinas que estaban, a la sazón, en el apogeo de sus carreras.

Presumo que fue ese “boon” artístico que nos impulsó –a un grupo de imberbes de la vecindad- a conformar un combo que estaba constituido por Arturo Guzmán, quien era el “director musical” además de diestro tamborero; Francis (Chichimán) Curiel y Toñito taváres, trompetistas; Jesús del Orbe, guirero, y quien escribe, que cantaba y tocaba los palitos

Nuestros rústicos “instrumentos” los fabricábamos nosotros mismos: una lata vacía con cartones en los extremos sujetados por una cuerda entrelazada, era la tambora; dos cascos de botellas de cerveza con un trozo de papel de estraza entre ellos, cada trompeta; la guira la hacíamos sobre hojalata con un clavo y un martillo.

Por las noches, cuando salíamos a “tocar”, éramos acogidos con agrado en muchas de las casas del entorno, cuyos residentes disfrutaban el “show”, nos aplaudían y felicitaban satisfechos, me imagino, no por la calidad de nuestra música, sino por la audacia y el desenfado que los noveles artistas exhibiamos frente a quienes nos escuchaban.

Rememoro también algunas canciones de nuestro repertorio: los merengues “Caña brava” y “El pájaro Chowí”, el bolero “Unión eterna” y la más solicitada: “Rondando tu esquina” que fue grabada por Rafaelito Mancebo y que incluía en su parte media, unos versos en voz de Juan Llibre que rezaban así:

Este pobre corazón que no la olvida

me la nombra con la sangre de su herida.

Y ahondando más su sinsabor

la mariposa del dolor

cruza en la noche de mi vida.

Compañeros: hoy es noche de verbena

y sin embargo yo no puedo con mis penas

 y al saber que ella no está

solo, triste y sin amor

me pregunto sin cesar

¿qué me has dado, vida mía?

La música de entonces poseía ribetes apacibles del romanticismo, pues boleristas como Antonio Prieto, Lucho Gatica y Javier Solís, entre otros, habían logrado a base de calidad, imponerse en el gusto popular.

Posteriormente surgirían otros ritmos diferentes para instalarse en el gusto de la juventud: el twist, el rock and roll, el bugalú, así como las canciones de la “nueva ola”.

Con el paso del tiempo, algunos de los integrantes originales abandonaron el conjunto, siendo sustituidos, recuerdo, por Wilfredo Vásquez y Francisco Arturo Avelino (“Musiquito”) quien posteriormente fuera conocido en todo el país por sus jocosas interpretaciones como cantante profesional.

Para entonces teníamos una participación todos los domingos en la emisora radial “La voz del Cibao”, propiedad de Gabino Núñez, quien nos ofreció la oportunidad de ser conocidos en otros segmentos de Moca, mientras, paralelamente, surgía en el “pueblo abajo” una agrupación similar a la nuestra, inspirada, quizás, por nuestra popularidad.

Además de los compañeros del “combo” evoco en estos momentos otros amigos y amigas de mi generación que habitaban en la cercanía. Ellos: Luís, Chico Elías, y los hermanos Andrecito, Chico y Carlitos. Ellas: Mayra, Marilín, Maricita y Onelia. De todos conservo gratos recuerdos por los momentos compartidos en esa época de tardes amarillas en pantalones cortos.

También puedo evocar otras tantas cosas de la primera época de mi existencia en esa Moca de antaño que las brumas del tiempo y la distancia no han podido disipar de mis recuerdos: las empanadas de Modesta y las delicias culinarias de Petró; las sillitas voladoras y los caballitos de Monclús; el palo “ensebao”; en las Fiestas Patronales; la glorieta del parque Cáceres y las retretas de los jueves y domingo del parque Duarte; el florido sendero de la Escuela Agrícola; las obras teatrales del Oratorio Don Bosco, así como muchos personajes y lugares en los que viví los gratos momentos que relatare en otro momento.


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