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Haiti y RD

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Escribe / Eduardo Garcia Michel

Eduardo García Michel

Haití y la República Dominicana tienen en común generosas cuencas fluviales urgidas de mejor cuido y el hondo lastre de pertenecer al mundo subdesarrollado. Las separan los orígenes, costumbres, lengua, y el índice acusador de la historia que señala la determinación permanente de una de ellas de dominar sobre la otra y apropiarse de parte de sus activos y derechos. 

Ambas necesitan fomentar el entendimiento y ayudarse mutuamente. Moderar las tensiones.

A nadie se le oculta la inmensa dificultad de lograrlo cuando en uno de los lados no existe a cabalidad un Estado, pero resulta imperativo no dejarse provocar para no caer en la trampa de quienes mueven el tinglado del poder mundial y desean una excusa para doblegarnos.

En los últimos decenios sucesivas administraciones públicas han permitido que aspectos sensibles de nuestra soberanía sean socavados.  En vez de hacer cumplir el marco de la ley e imponer el orden, se han doblegado a intereses privados y a conveniencias partidarias de no asumir costos políticos. 

La frontera es porosa, transgredida día a día mediante el pago de prebendas en términos de cruce de mercancías y de personas.   

La mano de obra ilegal campea a sus anchas en nuestro territorio. La sostiene la existencia de un mercado de trabajo que favorece la informalidad. Y la aplaudida llegada de remesas enviadas por dominicanos expulsados de sus tierras, que opera como consuelo a su desarraigo y proceso desnacionalizador.

Se ha creado un gran caballo de Troya anclado en el corazón de nuestro cuerpo.  

Nuestros bosques, ríos, acuíferos y cuencas hidrográficas son apetecidos por quienes no han dudado un momento en destruir los suyos y ahora reclaman el uso del agua que se cría en nuestras tierras, sin plantearse siquiera la necesidad de organizarse para rescatar parte de los recursos que han inutilizado y destruido. 

La picardía de la cultura del padre de familia disfrazado de víctima tiende a imponerse al enarbolar como escudo la condición de pobreza. Razonan, plenos de malicia: No me niegues el agua, la necesito para sembrar. No me niegues la tierra, la necesito para comer. No me niegues tu suelo, lo necesito para vivir. Al final, dirán: No me niegues tu patria, la necesito para que me cobije y sea mía. 

El momento es delicado. El país debe unir voluntades en torno a sus autoridades, aun si estuviésemos convencidos de que las cosas pudieran hacerse de otra manera. Es momento de unión, no de confrontación, de enarbolar sentido de Estado. 

Las aguas del Masacre y de otros ríos que cruzan la frontera nacen en su mayor parte en territorio dominicano. Pueden compartirse, pero no dejar que nos las arrebaten porque terminarán exigiendo que también desalojemos la patria y la cedamos a ellos. 

Si permitimos que el vecino se apropie unilateralmente de lo que no le corresponde, caeremos al vacío, en la intrascendencia. Ahora es un canal o dique derivador. Luego seguirá la escalada. 

Lo de ahora es apenas un aviso. En esta materia hay que cerrar filas y dejar que la diplomacia y los técnicos trabajen con discreción y eficiencia. Sin concesiones que lesionen los intereses nacionales, expresándose por una sola voz. 

Producimos nuestras aguas y debemos controlar su destino, cuidar las cuencas, mejorarlas. Y estimular a Haití a que repare las suyas y sus acuíferos, única garantía real y absoluta de que podrán disponer de sus propios recursos. 

Esta es una oportunidad de realizar inversiones, incluso compartidas, que garanticen las satisfacción de las necesidades y suplan la demanda de agua en la medida en que sea justo y del interés puesto por cada parte en la recuperación de sus recursos naturales. 

Y de poner en vigencia una política de repoblación de nuestro territorio limítrofe anclada en estímulos que privilegien el empleo de mano de obra dominicana y promuevan el desarrollo de la infraestructura y de la producción de bienes y servicios.

Después de que la estridencia se alivie habrá que adoptar medidas internas de profundo calado dirigidas a disminuir la dependencia de la mano de obra indocumentada. Y a diversificar el comercio y las exportaciones. 

A Haití hay que extenderle la mano solidaria y apoyarlo en la necesidad de crecer, educarse, organizarse, gestionar su destino, desarrollarse. Darle el mayor apoyo económico, financiero y humano para que reconstruya su organización social, instituciones, seguridad, sistema económico, de salud, educación, encarrile sus energías productivas y proporcione alimentos y prosperidad a su población merecedora de mejor suerte.

Y en todo eso la República Dominicana debe ser su mayor aliado si ellos lo desean. Pero siempre marcando con firmeza el límite que no puede ser transgredido del respeto absoluto a nuestra soberanía y la preservación de nuestros intereses nacionales. 

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