hombres de trujillo. conociendo la historia del ayer(01)

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varias personas me solicitaron que publicara digitalmente los capítulos de mi libro: Hombres de Trujillo. El libro se agoto y para complacer a esos lectores inicio las publicaciones.

 

Manuel de Moya Alonzo

Durante los largos y difíciles treinta y uno años de la dictadura de Rafael Trujillo el país vio cómo la más variada colección de hombres y mujeres, buenos y malos (as) le sirvieron en distintas posiciones públicas, destacándose algunos, no necesariamente funcionarios, por su facilidad para cometer toda clase de fechorías al amparo de la aparente impunidad que gozaban.

Algunos de estos últimos fueron hombres protervos, crueles, desalmados, a los que la dictadura brindó el escenario apropiado para desarrollar sus malvadas inclinaciones. Eran lo que podemos llamar el elemento duro y sanguinario del elenco que acompañó a Trujillo en su proyecto de dominación totalitaria.

En esta serie Hombres de Trujillo hemos tratado de mostrar rasgos de algunos de los actores cercanos al dictador, colaboradores en las diferentes fases y faces del régimen y que con sus actuaciones dejaron una impronta o un mal recuerdo, según el caso, en la vida nacional. Buenos, y malos. Ni ponemos ni quitamos.

Todo lo que anotamos reposa en textos y cuartillas de la época y en testimonios de personas calificadas, a la espera del trabajo del investigador histórico o el bisturí del biógrafo serio que haga resurgir, con articulado rigor psicológico todo lo que hay de íntimo y profundo en esos ejemplares, que fueron en unos casos serviles, arrogantes o pusilánimes pero que en otros supieron ejercer sus funciones sin envilecerse.

Un personaje único en la «trouppe» trujillista fue aquel que vino al lado del dictador no por la elocuencia de sus discursos o por la tersura de su prosa para artículos ditirámbicos, a que tantos recurrieran, sino que llegó y se mantuvo por su buena estampa y la refinada cordialidad que generaba espontáneamente, mostrándose él —talvez sin que llegara a tener plena conciencia de ello— como el aspecto amable o jovial de la dictadura.

No fue, que sepamos, hombre de intrigas ni ventajismos extraordinarios. Nos referimos a Manuel de Moya Alonzo.

Nació De Moya en la región del Cibao, en la provincia de La Vega y en el seno de una reconocida y distinguida familia, el día 7 de diciembre de 1906. Murió en New York en 1982, a la edad de 76 años. Sirvió a Trujillo en importantes funciones, en el país y en el exterior.

Se le consideraba como uno de sus más cercanos colaboradores. No se le vio envuelto en intrigas políticas y su amistad era buscada por muchos, pues era persona asequible y dispuesta.

A partir de la matanza de haitianos en la frontera en 1937, Trujillo se persuadió de que era conveniente y necesario hincar una bien delineada política de acercamiento hacia los Estados Unidos de América. Era vital para los intereses políticos y económicos del régimen contar con buenos contactos en territorio norteamericano, que ayudaran a disminuir el efecto de los ataques que se recibían a causa del holocausto de haitianos.

En ocasión de la Feria Mundial de New York de 1939, Trujillo conoció y trató a este apuesto joven, quien era modelo de los catalogos Sears y le fue presentado por su hermano Miguel de Moya Alonzo, llamando su atención la inteligencia, sus educadas maneras y la fina desenvoltura que le deparaba una atrayente personalidad.

Captado por el dictador, se hizo una persona bien relacionada en los círculos políticos, empresariales y sociales de la sociedad norteamericana y del gobierno de aquel país. A partir de entonces actuó De Moya como uno de los primeros cabilderos de Trujillo en las esferas de Washington.707

Se ocupaba especialmente, además, de detalles como, por ejemplo, mantenerle al día de los postulados de la moda masculina. Compraba en las lujosas tiendas de la Quinta Avenida de New York, de Washington y otras ciudades norteamericanas las preciosas corbatas, camisas y trajes que orondamente exhibía Rafael Trujillo en los convites sociales aquí.

El Jefe vestía a la moda, pero tenía necesidades peculiares para el uso de su vestimenta; por ejemplo, debía usar camisas de cuello alto para cubrir la cicatriz dejada por la operación de ántrax. Esas camisas, Moya Alonzo se las compraba en Madrid y Londres, en casas especializadas que confeccionan pedidos a la medida del cliente. Asimismo, los famosos sombreros con los que se tocaba el dictador eran comprados por De Moya en Panamá y otros sitios seleccionados.

Es decir, una de sus tareas era mantener al día el guardarropa y atuendo de Trujillo, que se sentía a gusto con sus uniformes militares, sus bicornios emplumados y sus botas prusianas, símbolos emblemáticos del poder y uno de los recursos de que se valía ese «artista de la política», como le llamó Balaguer, para sugestionar a las masas e influir en la imaginación popular.

Manuel de Moya alcanzó niveles sobresalientes en la diplomacia trujillista, sobre todo en sus aspectos más superficiales. Su buen dominio del idioma inglés, su experiencia personal en los salones encumbrados a orillas del Potomac le hacían un atrayente embajador. Ducho cabildero y gran señor en los salones de fiesta, era también bailador desenvuelto. En el año de 1953 recibió un engorroso encargo de Trujillo cuando, mediante decreto presidencial a la firma de Héctor B. Trujillo, presidente de turno, se le nombró Embajador Extraordinario en Misión Especial en Inglaterra. El verdadero encargo era acompañar a la hija menor de Rafael Trujillo y María Martínez, Angelita, a los actos solemnes de la coronación de la Reina Isabel II, junto a su joven prima Lourdes Marchena.

Trujillo y Moya Alonzo, al parecer, ignoraban la forma estricta con que el Foreign Office cumple el protocolo ceremonial de todos sus actos diplomáticos, y lamentablemente Angelita Trujillo, como menor de edad que era no podía ostentar rango de embajador. De Moya, con habilidad y persuasión logró que su apadrinada por lo menos alcanzara a ver la ceremonia desde una de las graderías de la famosa catedral londinense.

Se dice que Trujillo y su hombre discutían ampliamente los trazos de la estrategia política dominicana frente a Washington, pues con el tiempo el Jefe le dispensó categoría de experto en esos asuntos. Revisaban la política azucarera, agrícola, legislativa y económica de cara a aquel mercado. Los intereses de Trujillo se confundían con los intereses del país, y nuestro personaje se hizo un fiel conocedor y defensor de ambos altos intereses.

Moya Alonzo, hombre de mundo y cabildero eficaz conocía su oficio a conciencia, sabía sonreír y repartir dólares a manos llenas: Trujillo necesitaba amigos y aliados en esas esferas donde Manuel era «habitué». Se le veía repartir los jugosos contratos de publicidad que los medios y los lobbystas estadounidenses se peleaban por conseguir.

Era él quien dirigía la campaña de relaciones públicas del régimen dominicano.

Valoraba a tal punto su papel de relacionista público de Trujillo, que cuando éste viajaba a New York hacía que se hospedara en el exclusivo Hotel Plaza, en Quinta Avenida, cerca del Central Park. A base de sonrisas y apretones de manos, así como de otras metálicas razones había convencido al gerente del hotel para que, durante su estadía en el mismo la bandera dominicana flotara al frente de la entrada. Alta distinción reservada a los Jefes de Estado que visitaban y se hospedaban en el Plaza —y nunca ostentó Trujillo en sus visitas a los Estados Unidos.

Al caer en cuenta de la importancia que significaba tener una vistosa sede donde se efectuaran las ruedas de prensa, las reuniones de trabajo con los inversionistas y políticos amigos, así como los cócteles sociales para la alta sociedad de Washington, D. C., Alonzo convenció a Trujillo de comprar en esa ciudad una residencia que sirviera de sede a la Embajada Dominicana. Conociendo la vanidad de éste, no tuvo mayores dificultades para que en el mes de enero de 1954 se dispusiera la compra de una lujosa propiedad, localizada en el 2930 Edgevale Terrace. N.W., por el precio de US$231,000,00. Todavía, a más de cincuenta años de ser adquirida, la sede de la misión diplomática del país llama la atención por su buena apariencia y presentación.

De Moya vivió momentos de gloria y de satisfacciones en sus años de servicios a Trujillo. Algunas muy personales, como aquella ocasión en que le correspondió ser el portador de un elegante y costoso collar que su patrón había encargado a la famosa joyería Tiffany’s, para obsequiarlo como regalo de cumpleaños a la esposa del influyente George Smathers, senador por el estado de la Florida y quien tuvo un gran desempeño en las relaciones interamericanas.

Al momento de hacer la entrega de la joya, la señora del senador se impresionó con el obsequio y se retiró a una habitación de la casa, a colocarse en su cuello el valioso collar.

Con su regalo a la vista de todos regresó al salón, y acercándose a Manuel le tomó el pañuelo de su chaqueta, le estampó un beso con la marca de sus labios en rojo encendido y le dijo, colocándolo de nuevo en el bolsillo, «es para que se lo entregue al Generalísimo».

Todos los presentes se asombraron con la escena que acababan de presenciar, era algo nunca visto. Manuel pudo seguramente pasearse por el salón con el aire de un triunfador en las difíciles lides del trato social en una sociedad exigente y caprichosa.

Otro de sus momentos estelares al lado de Trujillo ocurrió hallándose opacado en el favor del Jefe, otros favoritos ocupaban su proximidad en el círculo de los íntimos. Esos favoritos de turno hacían de muralla impenetrable que mantenía alejado a Manuel de su jefe. Una noche, al entrar Trujillo al Hotel de San Cristóbal a una fiesta a su nombre, observó por los espejos de la entrada, que reflejaban la llegada de la comitiva, que Manuel de Moya estaba rezagado dentro del grupo; detuvo la marcha y dijo en voz alta para ser oído por todos: «y ése que viene ahí, Manolo, ése es mi amigo».

Espaldarazo supremo en la práctica y el ritual trujillista. Esa noche se le vio reír, bailar y gozar como hacía tiempo no se le sentía. Sentado a la mesa de Trujillo, conversaba animadamente con el Jefe. Al día siguiente la prensa traía la noticia de su designación en un importante cargo en el tren burocrático oficial.

Este «hombre de Trujillo» fue uno de los pocos que, al acceder a la cercanía del poder supremo del país conquistó amistades y pudo hacer bien en muchos casos, según se dijo, a las personas que se acercaban a él en solicitud de algún favor. Conozco de estudiantes universitarios que pudieron culminar sus carreras gracias a la ayuda facilitada por el encumbrado personaje de la corte de Trujillo.

Es poco conocida una fotografía en la que aparecen éste y Manuel de Moya en la inauguración de la residencia del funcionario en Arroyo Hondo, vestidos ambos con chaqueta a cuadros, lo que era un cambio en la moda y estilo de vestir del dictador. La foto deja ver la influencia del último para lograr que el Jefe se vistiera modo pertinente y atractivo.

Todos los asistentes de la fiesta, a su llegada le decian a Don Manuel que si esa chaqueta era de hombre. Llegado Trujillo con la misma chaqueta Don Manuel se dirigió a los presentes y les dijo: —Todo lo que me dijeron ahora digánselo al Jefe.

Con la caída del régimen terminó la vida pública de Manuel de Moya Alonzo, modesto en algún sentido como fue. Se retiró al silencio del hogar, donde le encontró la muerte en la ciudad de New York, en el indicado año de 1982.


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