Las letras en Moca

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Las letras en Moca

Por Bruno Rosario Candielier (1de 4)

El Siglo, ed. 27 de diciembre de 1997.

Un siglo de vida cultural.

            El pueblo de Moca comienza a tener significación cultural en la segunda mitad del siglo XIX. Enmarcado en un terreno fértil y un valle feraz en plano corazón del Cibao, Moca data desde los tiempos de la colonia española, y a partir del Degüello de  1804, adquiere una notoriedad que se irá incrementando con el aporte creador de sus mejores munícipes en lo político, lo social y lo cultural.

Cuando aún Moca era una villa recibió la visita en febrero de 1881 del Presidente Meriño y su secretario el poeta Emilio Prud´Homme, días después publicó en el periódico El Propagador, de Puerto Plata, una emotiva crónica en la que plasmaba sus impresiones aobre nuestra Villa Heroica, destacando la animación cultural que percibió en nuestro pueblo. Cito la poeta: Cuando ya las sombras de la noche bañaban las copas de los árboles, y cuando se sentía entre los bosques el revoloteo de las aves en busca de sus nidos, las campanas de la iglesia anunciaban festivas que la Villa de Moca no estaba a muchos pasos. Con efecto: no tardamos diez minutos sin entrar a ese florido jardín cibaeño (…) La Villa de Moca será pronto, si sus habitantes continúan como hasta ahora, una de las ciudades de primer orden de la República. Allí encontramos sociedades literarias, biblioteca pública y gran entusiasmo por el progreso intelectual.

            Efectivamente, las palabras de Prud’Homme correspondían a una realidad constatable. El entusiasmo por el progreso intelectual y la existencia de sociedades literarias ha sido una tradición en la Villa del Viaducto. Moca ha expresado a través de las letras una vocación espiritual insoslayable. Los mocanos han cantado efusivamente lo que emanaba del fondo entrañable de su corazón y han escrito páginas memorables con la sustancia emotiva de una sensibilidad porosa al influjo de los grandes ideales.

Los centros culturales

            En 1887 de funda en Moca la sociedad cultural Luz del Porvenir, institución que puede considerarse la pionera de una era de cultura que compartieron otros pueblos del Cibao. Integraron Luz del Porvenir José Antonio Guzmán, José Francisco Rojas, Agustín Brache, Elías Jiménez, Vicente de la Maza, Manuel Perdomo, Gumersindo Belliard, Ercilio Paulino, Juan María Contín, Gabriel Morillo, Francisco Leonte Vásquez y otros.

            Correspondió a esta organización cultural dotar a Moca de una animación artística y literaria en la última década del siglo XIX, en el predominaban las ideas románticas en narrativa y poesía, y los escritores hacían del arte y las letras el blasón que animaba el espíritu de la comunidad, sosteniendo y enriqueciendo la biblioteca pública, entonces centro social de encuentros y tertulias, y promoviendo la celebración de veladas literarias, recitales poéticos, fiestas  patronales y fiestas nacionales.

            La base de la tradición literaria mocana y del desarrollo de la Villa Heroica la hallamos en la sociedad Luz Porvenir. La sorpresa que experimentara Emilio Prud’Homme al hallar en Moca sociedades literarias obedece al hecho de que nuestro pueblo era para entonces algo menos que un pueblo, una aldea, como se aprecia en el grabado de Samuel Hazard.

            Hacia el 1901 aparece la sociedad El Normalismo, que promovió en los habitantes de Moca las ideas hostosianas a través de la creación de escuelas privadas para incentivar el amor al estudio, como se lo propusieron sus intrigantes, entre los cuales hay que mencionar a Federico Velásquez, Fernando de Lara, Juan Crisóstomo Estrella, Elías Jiménez, Salustio Morillo, Lucas Guzmán y Manuel Cabrera. El influjo de esta agrupación en favor del desarrollo educativo mocano se apreciará con el paso del tiempo, aún prestante compueblano Ramón Cáceres.

            En 1927 surge en Moca el Centro Ariel al que pertenecieron Cándido Guzmán, Gumersindo Belliard, José de Js. Olivares, Luís Álvarez, Lisandro Quiñones, Francisco García, Antonio Guzmán Taveras, Siro Álvarez, Valentín Michel, Francisco Salvador Jiménez, Luís Olivares, Armando Almánzar y Juan María Contín. Para esta fecha ocupa la presidencia de la República el mocano Horacio Vásquez.

            Para esos años Moca vivía, al igual que otras comunidades del país, un tiempote bonanza, y toda del antiguo comercio local, vio la edificación de nuevas construcciones que aún hoy testimonian una época de esplendor. Eran años de fervor cultural, y en los hogares de cierta holganza económica  no falta un piano para los conciertos hogareños, una pequeña biblioteca con libros para leer; no para mostrarlos, y una inquietud autentica de superación y desarrollo intelectual

            Otra entidad relevante fue la Agrupación Cultural Lumen, que idearan en 1939 Ricardo Ismael López, Rogelio Espaillat, Víctor Lulo, Doroteo Regalado, Aurora Tavárez Belliard, Fresa de Lara, Julio Guzmán Bencosme, Aida Cartagena Portalatín, Rubén Vásquez, Carlos Guzmán Comprés, Valentín Michel, Angélica Sanabia, Manuel García Lizardo, Estela Rojas, Pura Dolores Tejada y Julio Jaime Julia.

            Posteriormente algunos de esos intelectuales estimulados por Julio Jaime Julia fundarían el Ateneo Mocano en 1948, sumándose César Ezequiel Guzmán, Angélica Sanabia, Antonio Rosario, Juana Abreu, Antonio Francisco Rojas, Doroteo Regalado y Porfirio Guzmán Comprés.

(Bruno Rosario Candelier es presidente de la Academia de la Lengua, crítico y escritor, tiene un doctorado en Filología, es presidente de Ateneo Insular y el Movimiento de Poética Interior).  

Nena

            Tía de mi padre. Mujer de carácter explosivo, recia en sus convicciones, pero muy querida por todo el pueblo. Esos buenos atributos de doña Nena Viñas no evitaban que ella victima de una trastada que unos sobrinos urdieron en cierta ocasión al contratar a un sujeto con la expresa finalidad de que éste se apersonara ante la puerta de su residencia y, cumpliendo instrucciones de los bromistas, le hiciera perder la paciencia.

            Los sobrinos se ocultan en el callejón que conducía a la cocina en lo que el cómplice se presentaba ante la puerta.

            -Tin, Tin,…tintín…tun…

            Doña Nena abre la puerta.

            -¡Buenos días!…, ¿en que le puedo servirle?

            -¿Es usted doña Nena Viñas?

            -Sí señor. ¿Qué usted quiere?

            -Pues mire, yo vengo a comprarle lana.

            -Señor –replica-, usted está mal informado, yo no vendo lana.

            Esa respuesta de doña Nena era la esperada los bromistas y además se le había hecho saber al testaferro. Era justamente el momento para procurar el estallido del mal genio.

            -Pero… ¿Cómo que no?…si ahí mismito, en la esquina me informaron que en esta casa doña Nena vende lana…me dijeron…

            Hizo mutis al escucha:

            -¡Oiga, buen pendejo, charlatán!…yo, doña Nena Viñas, no vendo lana; sepa usted que la única lana que hay en esta casa la tengo yo entre las pierna. ¿Cree usted que esa lana está en venta?… ¡Puede usted irse al carajo!

Epílogo. Los sobrinos salieron alborozados desde su escondite y con la tía se encaminaron hacia la cocina a celebrar, ante humeantes tazas de café, lo que parecía convertirse en una tragedia griega la cual se tornó en amena tertulia pueblerina.

El vehículo de Fello Pitén

            Fello Pitén se convirtió en propietario de un carro, no se conoce de qué manera, pero se supone que lo hizo en un cementerio de vehículos; le compró gomas y lo destinó al servicio de pasajero entre Villa Trina y Moca.

Tenía tan mala fama el cacharro de Fello que era comentario corriente (en forma de chiste), que ese carro cuando se colmaba de pasajero en Villa Trina, Fello sacaba la pierna izquierda, y con ella lo empujaba y con ese impulso inicial y debido a lo alto de la loma del Mogote, el carro llegaba al parque Central de Moca, movido por la pierna de Fello y obedeciendo fielmente a los postulados de los que nos enseñó Isaac Newton.

            Cuando al dueño se le sugería que él pudo haber adquirido un carro en mejores condiciones, replicaba que su pasatiempo consistía en querer arreglarle el motor al destartalado carro marca Chevrolet.

Lo caballitos de Monclús

            Constituían los caballitos de Monclús una pieza importante de diversión y entusiasmo durante las fiestas patronales dedicadas a la Virgen del Rosario en la ciudad de Moca. Además de los caballitos, en su entorno se desperdigaban las mesas donde jugaba al vironay. Estas mesas, donde se arrojaban dados, se iluminaban con lámparas de gas o de carburo. Como promedio de las apuestas –creo-, no se excedía de jugar centavos. Siendo esto así, en esa semana aniversario nos encontrábamos tres amigos contemplando el vaivén de los caballitos; pero en el fondo nos estábamos acechando a consecuencia de la gran prángana que asolaba al país en esos años. Al fin uno de los amigos de destapó:

            -¿Quién es el que va a pagar el dulce de coco y los guayaos esta noche?

            El escribidor de estas facetas pueblerinas era poseedor de tres centavos, centavos que aquellos tiempos que podía solventar la compra de un dulce de coco, un guayao y dos cigarrillos Cremas. Eso les informé a los dos amigos pelados. Les confesé mi tesoro: tengo tres cheles, los voy a jugar al vironay; si se pelan, nos jodimos…

            Pueden ustedes creer que esos tres ciudadanos mocanos, educados en la época en la cual reinaba el Bicornio, acudieron a una mesa, y de común acuerdo apostamos los tres centavos al seis. Vino triple y los tres se convirtieron en doces, luego en veinte, treinta, un peso. Yo tenía una suerte loca.

            -¡Apuesta de vente… de cincuenta!, -aconsejaban los obenques-, tanto insistían que los mande al infierno. ¡No jodan ustedes, vamos a contar!

            En un banco del Parque Central contabilizamos ochos pesos y algunos centavos. Procedimos a despertar a Maximito Inoa, que también se encontraba rn la olla; éste afinó la guitarra; otro fue a comprar longaniza; nos zampamos un sancocho, serenateamos, nos ajumamos, y todavía, al rayar el sol, tenía yo en mis bolsillos más de tres pesos.

            ¡Oh!, pero cuánto valía el dinero en tiempos de los caballitos de Monclús…  


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