Venezuela en las aguas profundas de la historia

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Escribe Roger Miranda Gomez

Lo que continúa ocurriendo en Venezuela nos recuerda que no son los vientos que agitan el oleaje en la superficie lo que determina el movimiento  y dirección de las corrientes oceánicas, sino la energía inagotable y portentosa que emerge desde sus aguas profundas. Eso mismo es lo que demuestra la prolongada e incansable epopeya cívica que protagoniza su bravo pueblo, confirmando que la historia es la reedición constante de la lucha de todos los pueblos del mundo, en demanda de reconocimiento y respeto a su derecho de construir, y vivir, en una sociedad de hombres y mujeres libres.  Esta justa exigencia no es, obviamente, algo superficial ni de carácter pasajero. Se trata de una llama inextinguible que se origina y fluye desde lo más profundo de la naturaleza integral de la persona humana. Lo cual confirma, igualmente, que tampoco son las “influencias externas” lo que hace que los pueblos se subleven contra los imperios y dictaduras absolutistas que los oprimen. Y que no desisten, ni desistirán de su empeño, hasta conquistar la paz fundada en la justicia, la libertad y la democracia. Es decir,  hasta hacer realidad la convivencia verdaderamente pacífica, asentada en la amistad cívica, que se rige por los principios y valores de justicia y libertad para todos los ciudadanos. La fuente que determina este comportamiento -no hay que olvidarlo, pues,- reside igualmente en la profundidad insondable del Espíritu que, junto con la carne, configuran la naturaleza integral de todos los seres humanos creados por Dios a su imagen y semejanza. Esta condición, que es única e irrepetible, pues no está presente en las otras expresiones orgánicas e inorgánicas de la Creación, se llama <Parresía>, término derivado  del griego que significa libertad del Espíritu Santo. Es un don especial que habita en los hijos del Creador. Así nos lo recordó el Papa Francisco en aquella memorable homilía pronunciada en la Plaza de San Pedro, al exaltar el carácter valeroso que distinguió a sus predecesores, Juan XXIII y Juan Pablo II, en ocasión de proclamarlos nuevos Santos de la Iglesia Universal. 

San Pablo se refiere a este don de la <Parresía> cuando le dice en su carta a Timoteo: “Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos.” (2 Timoteo 1:6).  Se trata, por extensión, de un recordatorio a todos los hijos de Dios para que no olvidemos que, a pesar de nuestra imperfección humana, fruto del pecado original, este don permanece dentro de nosotros, como una brasa que al avivarla  hace que surja nuevamente la llama de la esperanza y la acción liberadora. Constituye, no cabe duda, un verdadero tesoro personal y comunitario, que la genial inspiración del poeta Rubén Darío ubica de manera alegórica en el corazón: “mi corazón será brasa de tu  Incensario”. De modo que no es de extrañar que esta expresión suela sonar extraña para quienes se han alejado de Dios, o simplemente no creen en El. Y, por tanto, que les cueste un cuerno del demonio, y la mitad del otro, aceptar la existencia de esta inextinguible llama  de la dignidad humana, proveniente de nuestro Divino Creador, que es la verdadera energía del Espíritu que mueve la historia desde sus profundidades insondables.

Existen otras muestras de la incapacidad de esta obsesiva resistencia/arrogancia para  comprender y asimilar el alcance que tiene esta energía profunda y portentosa de la <Parresía> para transformar la historia, sin necesidad de recurrir al uso de divisiones bélicas blindadas para lograrlo, según las tesis sostenidas por Mussolini, Hitler y Stalin, por citar sólo a los tres más conocidos referentes de los fascismos contemporáneos, que se amamantan, por la derecha y la izquierda, de misma ubre podrida  totalitaria.

La más notoria de estas expresiones (¿exabrupto ideologista?) ha sido la de Vladimir Putin, cuando describió como “tragedia geopolítica” la histórica epopeya que  significó para la humanidad el derrumbamiento del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, seguida luego por el colapso del inhumano sistema de gobierno de los gulags soviéticos.  ( Por eso, cuando lei dicha reveladora frase, que parece extraída del famoso “newspeak” orweliano, pensé que habría que revivir al autor de “Rebelión en la granja”, para que nos ayudara a descifrar la intención que le subyace.  Pero, con lo que ya hizo, y sigue urdiendo hacer en Ucrania y en Siria este heredero de lo zares “de todas las Rusias”, es obvio que no hace falta.

 La otra muestra, en este caso tragicómica, es esa repetitiva y cansina afirmación del dictador Nicolás Maduro de que son “factores externos” los que inducen  al pueblo venezolano a protestar en las calles, plazas y avenidas por el pisoteo de su Constitución Política, la falta de alimentos y medicinas, la inseguridad y la sistemática violación de sus derechos humanos. Y, por si tal dislate no bastare para recordarle al mundo la ilegitimidad de su régimen montaraz, el reciente espectáculo de sus diputados corruptos huyendo por los pasillos del Congreso, al ingresar al recinto el Presidente Guaidó,  las pantallas de la TV mundial dejan expuesto al dictador haciendo mutis por su obsoleto circo del siglo veintiuno. ¡O sea que inicia el año dictando cátedra de ridiculismo anti dialéctico y anti histórico!

 Estos singulares personajes, pues, como queda visto, en vez de  rectificar persisten, deplorablemente, en el error de querer imponer por la fuerza y el engaño (léase desinformación o “medidas activas”) su fracasado modelo totalitario, que los pueblos condenan y rechazan categóricamente.  En efecto, con frases y mímicas extraídas de antiguos documentales cinematográficos en blanco y negro, intentan convencer a no se sabe cuál tele-audiencia de descerebrados con el cuento chino de que ahora lo que buscan es construir  un “socialismo del siglo veintiuno” (?). Sin embargo, todavía no logran explicarnos ¿por qué en esas misma pantallas aparecen siempre bailando con la misma mona de rabo fascista-estalinista?

Pidamos, pues, la intercesión de nuestros Santos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II,  para que Dios ayude a todos los gobernantes del mundo, comprender lo inhumano -y estéril- que resulta invertir en las fracasadas utopías genocidas del siglo pasado, y en sus sanguinarios proyectos  de dominación. Porque, desde sus profundidades el Espíritu de la historia sigue y seguirá moviéndose en sentido de lucha por el reconocimiento y respeto al derecho de todos los pueblos del mundo a construir -para vivir digna y pacíficamente-  sociedades de hombres y mujeres libres. ¡Y que ahí está la madre del cordero!

El autor, Abogado y Periodista Nicaraguense, fue Secretario Ejecutivo del FOPREL (Foro de Presidentes de Poderes Legislativos de Centroamérica y la Cuenca del Caribe).

Roger Miranda Gomez


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