Vida pueblerina de Moca en el ayer

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Arnaldo de Jesus Vasquez, envía.

(Un viejo texto)
Vida pueblerina en la Moca de ayer

Imagen: Oleo de 16×20 pulgadas que realicé en 1994 de la casa de mis abuelos.

El tiempo que vivimos en nuestro pueblo natal suele ser inolvidable. El paso de los años no sepulta en el olvido las vivencias de la niñez y la adolescencia: al contrario, éstas se mantienen frescas y las evocamos con alegría y nostalgia.
Aquella vida pueblerina de Moca en los años sesenta y un poco más -cuando empezó el gran éxodo hacia la capital y el exterior- pervive en nuestra memoria y es motivo de añoranzas a personas, lugares y ambientes ligados a nuestro pasado.


Haciendo un regreso imaginario al suelo natal, nos ubicamos en nuestro vecindario, tranquilo y soleado, conformado mayormente de casas de madera y zinc, algunas con galería que permitía el amistoso saludo, la oferta de alguna mercancía o servicio de parte de los transeúntes..


En nuestro recorrido mental evocamos el acompasado sonido de la banda municipal de música desfilando por las calles en las alboradas, y en las retretas dominicales del parque Duarte. Recordamos, además, el batton ballet con sus bellas batuteras y podemos visualizar jóvenes de la época moviéndose al ritmo de un twist o un boogalú -de moda entonces- o escuchando algún bolero de moda, como «Reloj» de Lucho Gatica.


En materia de Educación, vienen a nuestra memoria los nombres de consagradas maestras como fueron Aurora Tavares Belliard (La Seño), la señorita Virginia, Dulce Arias y Nancy Rosario, entre otras.


Nos vemos jugando pelota en plena calle, bañándonos en los torrenciales aguaceros, asistiendo a la barbería de Lilo; llevando unos pantalones para «bajarle los ruedos» donde el sastre Simeón, o cuando con unos calzados deteriorados en las manos, acudíamos donde Daniel, el zapatero, para que le remontara las suelas.


El paladar se deleita al evocar el yun-yun de jugos naturales sobre hielo guayado que vendía Moroquito; las paletas de los helados Marión; las galletas con pipián de la barra de Gume; el dulce de lechosa cubierto de azúcar; las galleticas de Martin Cruz (cuya fábrica existe todavía) o las delicias culinarias de Petró y Heroína.


En esa Moca de ayer se conjugaba el fervor religioso en sus iglesias con sus horas santas, procesiones y semanas santas austeras; las navidades celebradas entre el estallido ensordecedor de los coheticos chinos y el colorido de las velas romanas mientras trovadores a domicilio como Musié Pavín y Chepe Vaso, amenizaban el ambiente.

En las fiestas patronales se decoraban la calles principales con guirnaldas multicolores y se colocaban matas de plátano y pencas de coco en las aceras; y la muchachada se divertía con el montaje de las sillitas voladoras y los caballitos de Monclús y la competencia de subir al palo ensebado.


Nuestro pueblo contaba entonces con los servicios de Divaneo y otros choferes (Manuel Canela, Miguel Gómez) que viajaban a diario a Santo Domingo y hacían sus paradas obligatorias en “El Viejo Madrid” de Bonao; con Dhimas que ponía inyecciones a domicilio; con las marchantas que vendían sus verduras de puerta en puerta y con niños maniseros que mantenían caliente su producto sobre una lata con carbones ardientes.


No podemos olvidar el sendero de entrada de la Escuela Agrícola, custodiado por sendas filas de trinitarias; las veladas del Teatro Don Bosco; los bailes de fin de semana en El Arco y La Piscina; los frecuentes juegos de bingo o de dominó; los regalos en el día de las madres envueltos en papel celofán; el grupo de niñas vestidas de inocencia que se dirigían a la escuela vespertina después de la sirena de las 2 menos cuarto y las campanadas de las 9 de la noche que anunciaban el fin de las visitas de los muchachos y el rápido regreso a sus hogares.


Aunque en los últimos años la economía ha crecido sustancialmente con la apertura de universidades, zona franca, industrias y talleres de alfarería, y se ha multiplicado el parque vehicular y las modernas urbanizaciones en las afueras, añoro, como muchos, aquella vida pueblerina de antaño que se mantiene como un punto luminoso en nuestro pasado.

Alberto Vásquez Díaz.


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