Escribe eduardo garcia Michel
que las quejas prosperaran. El germen del fermento quedó en pie. A mediados de
la década surgió la gran crisis de 1994, que conmovió los cimientos de la
estabilidad.
Como consecuencia, se modificó la Constitución para prohibir la reelección
presidencial y se estableció la segunda vuelta electoral. Luego se demostraría que
no era suficiente para frenar las apetencias de poder.
En 1990 una inflación de alrededor del 80% producto de la expansión del gasto
con dinero inorgánico, se combinó con el desabastecimiento de combustibles,
consecuencia de mantener precios políticos. El erario fue afectado.
Las largas filas en las estaciones de expendio hicieron comprender que la mejor
opción era pagar el precio de mercado y tener acceso al combustible, en vez de
beneficiarse de un precio subsidiado para un bien escaso, que a la vez se
convertía en motor de los apagones eléctricos y del déficit fiscal.
La crisis se zanjó con el reajuste del precio, el abastecimiento del mercado, la
atenuación de los apagones. Y, con una reforma tributaria junto a otra arancelaria,
profundas y bien orientadas.
En la mente del dominicano quedó sellada la idea de que para que las cosas
funcionen bien hay que pagar el costo que tienen, contrariada por los efluvios
trastornadores de la devoción populista, siempre proclive a volver a las viejas
andadas.
A lo largo de la década vendrían otras iniciativas trascendentes como la de la
empresa pública (quedó a medio camino), o la adecuación de la ley de inversiones
extranjeras, que removió los obstáculos que la afectaban, o la unificación del
mercado cambiario.
En aquellos años se incubaron otras reformas como la monetaria y financiera,
junto a la de la seguridad social (debe ser profundizada), y la liberación del precio
de los combustibles, que cristalizarían empezando el siglo XXI. Quedó pendiente
la del ámbito municipal que bien debería ser retomada.
Ahora estamos ante una nueva oleada: constitucional, laboral, fiscal, consolidación
de instituciones… Lanzada en sucesión, sin interrupción. Pero no se percibe qué
moverá la fuerza de la inercia para introducir cambios profundos que modifiquen
malos hábitos y lancen al país por una senda más constructiva, en busca del
desarrollo, no del crecimiento no incluyente (dominicanos excluidos del mercado
laboral obligados a emigrar).
Las circunstancias nunca son iguales. Ahora, a favor opera la coyuntura de que el
partido de gobierno goza de amplia mayoría legislativa. Y, en contra que el
ejecutivo de la nación ha prometido no optar a un nuevo período de gobierno, lo
cual puede restarle grados de fidelidad en su propio grupo político.
Es digno de apoyo el entusiasmo del presidente Luis Abinader comprometido con
la idea de dejar un legado que debe ser concretado en este período. Sin embargo,
las evidencias muestran que las prisas nunca han sido buenas, sobre todo en
materia de tanta complejidad. Procede profundizar cada cosa hasta obtener un
producto satisfactorio para la sociedad. Y luego emprender la otra.
Las margaritas se deshojan pétalo a pétalo, no de un tirón. Así se obtiene plenitud
de lo que se aspira. Lo contrario tiende a mediatizar. Querer hacer tantas cosas
sin dar tiempo a la maduración de cada una de ellas podría producir resultados
distantes a las expectativas creadas.
La declaración a la baja del partido de gobierno sobre la disminución del número
de diputados electos en las circunscripciones, de 68 a solo 20, desconectada del
propósito de reorganizar la división territorial, es una indicación de que el proceso
podría desinflarse. Y si lo hiciera, la tentativa de realizar modificaciones en la
arquitectura financiera pública podría disminuir su base de sustentación.
Pero no es solo eso. Hasta ahora ni siquiera se ha mencionado lo que debería ser
la reforma más profunda y determinante, que condicionaría a todas las demás: la
de la preservación de la identidad nacional, que incluye cambios profundos en el
ordenamiento laboral, la reconstitución de la relación 80/20 y la reorganización del
control migratorio.
Es visible la constelación de intereses particulares que giran en torno a ella,
opuestos a los de la nación. Su ejecución es ineludible e imprescindible.





































