Escribe Eduardo garcia michel
Yo, Abimbaíto, ¡irrumpo! En el país existe un ambiente de excitación. La gente
espera que las reformas se introduzcan pronto.
Algunos economistas afirman que el Estado necesita cientos de miles de millones
de míseros pesos, como si fueran hojuelas de maíz, para resolver esto y también
aquello. A nadie le gusta que le saquen esos hediondos recursos de sus bolsillos,
aunque sean opulentos, y mucho menos si son precarios.
El trato es desigual: el Estado tiene el garrote y el pueblo la resignación (o la
poblada en casos extremos).
La reforma pudiera resultar explosiva si no viniera precedida de señales muy
claras de que los recursos se usarán de forma impecable y servirán para organizar
mejor la sociedad, imponer el orden, la autoridad, y que cada instancia pública
cumpla con sus obligaciones puntuales a satisfacción de todos. Hay que poner
coto a los chivos y a los Mamutchivos sin ley. Y esto, más que recursos, requiere
de determinación. De lo contrario, mejor ni intentarlo.
Hay que demostrar eficiencia en la recaudación. Y sentido de racionalidad para
gastar en la medida apropiada en esto en vez de lo otro.
Convendría extirpar todo aquello adherido al cuerpo del Estado que dispara su
costo de funcionamiento y distorsiona su rol. Eficiencia y racionalidad no se
prodigan por sí solas. La ardua tarea es convencer a la comunidad de que no se
trata solo de transferir más recursos desde el bolsillo de la gente a la burocracia
del Estado, sino de resolver problemas de la colectividad para mejorar las
condiciones de vida de todos.
Visto de otro modo, hay que contrarrestar con argumentos y acciones potentes la
tendencia de pensar que el ojo del amo engorda el caballo, porque donde no hay
amo, como es el caso del Estado, el animal suele terminar petiseco.
Entre las reformas a ser introducidas están las siguientes:
Institucionales, como, por ejemplo, reducir el tamaño del Congreso (senadores y
diputados) y de los consejos edilicios que deberían ser electos, pero no
remunerados. Sobran provincias y cargos. Suprimir organismos innecesarios de la
rama ejecutiva, incluyendo ministerios. Transferir competencias del gobierno
central a los ayuntamientos acompañadas de los correspondientes recursos.
Sociales, dirigidas a mejorar el servicio de salud, igualando primero y aumentando
después la cápita contributiva y no contributiva al tiempo que se eleva la calidad
del servicio; y también a integrar a los trabajadores al mercado laboral formal con
el propósito de mejorar los niveles de salarios y la protección social al tiempo que
se aminora la inmigración haitiana que se cobija en el mercado informal.
De buen uso, verbigracia canalizar los recursos del 4% del PIB hacia el
aprendizaje de los alumnos, y, si no fuera viable, a otros destinos. Y sustituir la
cultura del “dao” por oportunidades de ingresos para muchos, ganados con el
sudor de la frente.
Productiva, orientada a conectar la producción de la agropecuaria con la industria
y de todos ellos entre sí, con objeto de incrementar el valor agregado nacional. Y a
convertir el campo en jardín de productividad y rentabilidad, en vez de lugar
deprimido que financia las parrandas de las urbes.
De aseo público, para quitar las garrapatas encaramadas en el lomo del Estado en
la distribución y cobro de la electricidad, causantes de la mitad del déficit del
gobierno central, y expulsar las otras garrapatas que se originan en la deuda cuasi
fiscal.
Y la reforma fiscal propiamente dicha, que resultaría aligerada si previamente se
resuelven algunos de los problemas señalados.
En cuanto al método para decidir qué elegir y su hoja de ruta, el utilizado en la
niñez llamado “De Tin marin de do pingue” podría ser efectivo, pero resultaría
poco elegante ante algo de tanta trascendencia.
En su lugar podría utilizarse el método de deshojar las margaritas.
Es simple: ordeno todo lo que hay que organizar y hago que cada institución
pública cumpla su rol a satisfacción; luego me quito el pétalo del déficit eléctrico, a
continuación, me despojo del pétalo marchito educativo y reoriento el gasto.
Y sigo: después me sacudo las leyes laborales que impiden la incorporación plena
de la mano de obra dominicana al sector formal con la consecuente pérdida de
ingresos para el fisco y la desnacionalización progresiva; fortalezco los enlaces
sectoriales y doy vida a la agropecuaria y a los recursos naturales; pongo en
vigencia el Pacto sobre Haití. Y así sucesivamente.
Y al final me enfoco en lo estrictamente fiscal: deshojo las exenciones, cierro
ventanas a la evasión, y lo demás caerá por añadidura.






































