Escribe Eduardo garacia Miche
l
En nuestro terruño la diferencia se aprecia en el material dúctil de que están
construidos los líderes en comparación con los de antaño. Y en la pasta en que
está cocida la masa poblacional, poco instruida, manipulable en un sentido o en el
contrario, sugestionable a golpe de tic, tac, por no decir tok, y plataformas
similares.
Y eso lo conocen muy bien los centros del pensamiento, estrategia y manejo de la
opinión pública. Les hace partícipes de cuotas de influencia.
Ahora en los círculos de poder se estila depender de un pequeño papel que
contiene el resumen de los porcentajes de aprobación o rechazo a diversas
preguntas (encuestas) sobre preferencias formuladas a un arco iris poblacional
difuso, movedizo, influenciable.
No es tiempo de grandeza épica, moral ni espiritual, sino de aparentar que se
hace, aunque no se haga, en que políticos, empresarios y mañosos irrumpen en la
vida ajena, auscultan su latido mediante escuchas electrónicas y mediciones de
preferencias. Y en función de eso, deciden (¿?).
El conglomerado político parece haber perdido una herramienta prodigiosa y
confiable: la consulta con la almohada en la serenidad y soledad de la larga
noche. Y la introspección que la enfrenta a la conciencia.
En la humanidad no habría habido un líder llamado Churchill sí, en vez de
arriesgarse a ofrecer lágrimas, sudor y sangre, hubiera consultado pasivamente a
su pueblo si prefería la paz, a sabiendas de que no se podía perder más tiempo
dejando crecer el potencial del enemigo, o si se hubiese amilanado ante las
previsibles consecuencias y cedido a las pretensiones de Hitler de que no
interviniera, pues el asunto iba, en apariencia, contra la Europa continental, no la
isleña.
Lo anterior viene a colación porque resonó muy raro el anuncio de que la reforma
fiscal retirada no se reintroducirá ni ahora ni después, decisión basada, según
dijeron, en las respuestas dadas por quienes fueron encuestados sobre su sentir.
Extraño, salvo que se busque un efecto rebote.
La propuesta de modernización fiscal fue repudiada por dos razones.
Por presentarla junto a otras reformas, cuya acumulación, sin tiempo para la
asimilación, causó sensación de agobio.
Y porque no satisfacía las aspiraciones de la comunidad que espera cincelar un
Estado que incentive la creación de trabajo y riqueza, sea eficiente, predique en la
austeridad, dé el ejemplo, se amarre el cinturón, y, concomitante o después, pida
aceptación de sacrificios a la sociedad.
Para saber eso, tan simple, no se necesitan tantas elucubraciones ni encuestas.
Si el presidente Abinader ha defendido con gallardía que no se repostulará y
acaba de modificar la constitución para asegurar que así sea, mal haría si se
dedicara a completar su período afincado en lo trivial, en vez de convertirse en el
presidente que catapulte al país hacia peldaños superiores de desarrollo.
Trascender en su misión de gobierno significa modificar la fiscalidad, ajustar
gastos e ingresos, reducir la deuda, corregir la evasión y el hoyo eléctrico,
asegurar solución real y no cosmética al déficit cuasi fiscal, eliminar el déficit,
ahorrar con determinación, invertir con insistencia en infraestructura, prestar
servicios de calidad. Y, además, intervenir el mercado de trabajo para abatir la
informalidad, mejorar la protección social y evitar que sea refugio de la inmigración
ilegal…
Desde esa perspectiva la reforma fiscal (no solo tributaria) es necesaria. Al igual
que la del mercado de trabajo, incluyendo la cesantía, o la seguridad social y otras
más. Y, el liderazgo está para acometerlas en profundidad, no para mediatizarlas,
aunque se experimenten sinsabores y rechazos.
El camino que llevaría a esos logros no es, desde luego, el que conduce a
concursos de simpatías monitoreando diariamente las preferencias por sondeos o
encuestas, ni a carnavales de la amistad, tampoco el de actuar con el criterio de
colocar en buen carril a los futuros aspirantes a la nominación presidencial de su
partido para asegurarse consideración en el futuro.
Si toma ese sendero se encontrará con un calvario de espinas afiladas y
dolorosas. Peor aún, terminará en la lacerante intrascendencia.
La gran mayoría de los dominicanos quisiera ver a su presidente colocado en el
más alto sitial con miras a la posteridad. La única forma de asegurarlo es la de
trabajar con ahínco en cambiar las condiciones en que se encuentra su pueblo.
Y eso sígnica laborar sin descanso para configurar una sociedad de mayores
ingresos, no tan dependiente de la vaca nacional sino de sus propias habilidades.
Implica también perfilar un Estado que resuelva sin cansancio, ni excusas, ni
doblegado por el afán clientelar.




































