Escribe Eduardo garcia Michel
El ideal antillano de Hostos de la unión de las Antillas mayores de habla
hispana no se sostiene, por lo menos en el momento histórico en que se
vive.
Cuba apenas respira, castrada por el cesarismo, la falta de libertad y
emprendimiento. Puerto Rico carece de autonomía, dependiente de los
Estados Unidos como organismo asociado. Solo la República Dominicana
late con vigor en su economía e instituciones, pero está sola,
pavorosamente aislada de sus pares en el sentido de que no encuentra un
sentido claro de pertenencia.
La adscripción de la República Dominicana a procesos de integración,
concepto más amplio y complejo que los de libre comercio, no tiene fácil
encaje en lo fundamental porque en el hemisferio no existen tales
esquemas provistos de la relevancia económico, institucional y política que
sería deseable.
Y, en el supuesto de que existieran, a lo interno en el país no se tiene claro
con quienes, para qué, bajo qué tipo de cobertura se efectuaría, pues es un
asunto que permanece latente sin despertar demasiado interés, tal vez
porque por inercia se gira en la órbita de la potencia dominante, los Estados
Unidos, se recurre a intentar alcanzar cuotas de mercado en diversos
esquemas de libre comercio, y con eso se cree que se tiene bastante, como
si la vida de los pueblos se limitara a ese único aspecto.
Poniendo las cosas en perspectiva, el ideal óptimo de una economía mundial
abierta, con reglas iguales para todos, de comercio, circulación, competencia, está
muy lejos de materializarse. Esa sería una integración universal con reglas
idénticas para todos, incluyendo las que permitan disminuir distancias entre unos y
otros.
Lejos de eso, el mundo ha ido creando espacios estancos. A lo interno de esos
esquemas se conceden tratos especiales. Con los situados fuera se dispensan
tanto concesiones parciales de gracia como se ponen obstáculos al comercio y
circulación de capitales y mano de obra.
Esos espacios estancos son las zonas que existen como la Unión Europea
(integración profunda), que ha ido escalando dimensión geográfica, y otras de
menor sofisticación, limitadas al libre comercio e inversiones, verbigracia la que
nos une con los Estados Unidos y países centroamericanos, que dejan amparados
en su propia desnudez a los eslabones más débiles, a los países pequeños, casi
sin derecho al pataleo, como lo demuestra el intento dominicano por proteger la
producción arrocera del desmonte arancelario programado para 2025, que se
visualiza estéril.
Dados los condicionantes y vacíos existentes, el sentido práctico y el interés
nacional aconsejan que en el corto plazo la República Dominicana se
encamine hacia lo ecléctico hasta que las circunstancias de la región sean
propicias para intentar algo más ambicioso: participación parcial en
esquemas políticos asociativos para aunar fuerzas y en acuerdos de libre
comercio, incluyendo a Haití.
Es lo que se ha hecho y continúa haciendo, solo que no forma parte de una
estrategia pensada y diseñada, sino producto de las circunstancias.
En materia de comercio somos parte del acuerdo que abre el mercado de los
Estados Unidos en condiciones favorables, con reciprocidad, junto a países de
Centroamérica. Pero también tenemos acceso preferente al mercado de la Unión
Europea. Y somos observadores en Caricom, aparte de pertenecer a otras
instancias.
Quizás deberíamos estar pendientes de ir motorizando la creación de instituciones
en la Cuenca del Caribe, antillano y no antillano, que aúnen los esfuerzos de los
países de habla hispana con los de otra lengua, pues unidos sería más efectivo
alzar la voz y ser escuchados en el concierto internacional. Aparte de eso, las
relaciones con el vecino país, Haití, requieren del desarrollo de una política de
acercamiento y cooperación de raíces profundas y diversificadas.
Las políticas nacen de realidades. Y nada podrá hacernos más exitosos en
materia internacional que saber mantener la casa en orden y en prosperidad.
Nada podrá colocarnos en mejor posición en el escenario mundial de las naciones
que el esfuerzo interno que sigamos realizando para fortalecer nuestra economía
e instituciones.
La mira debería estar dirigida hacia crear y gestionar una economía eficiente y
competitiva, abierta, que genere eslabones múltiples y se refuercen mutuamente.
Desde esa perspectiva, dadas las limitaciones creadas por nuestra condición de
insularidad, una vía auspiciosa de integración es la de insertarnos de pleno en la
economía mundial en todas sus derivaciones.
Y el éxito dependerá de las políticas internas orientadas hacia esa finalidad,
apoyadas en una concepción estratégica de aprovechamiento de todas las
ventanas políticas y económicas






































